Por Sergio Soto Azúa
Hay frases que parecen diseñadas para desvanecerse con el ruido de una oficina, pero de vez en cuando surge una que se queda suspendida en la memoria como presagio. Yo escuché una así hace muchos años, cuando César Duarte aún no tenía escoltas ni expedientes judiciales ni notas de ocho columnas. Era un operador del PRI con aspiraciones de grandeza, un hombre que caminaba entre los escritorios del partido con una seguridad que no necesitaba explicación.
Aquella tarde, en una oficina donde el aire se sentía espeso por la tensión, se discutía el caso de un priista insubordinado que había decidido desafiar la línea. Había recriminaciones, advertencias veladas y un tono que dejaba ver que la paciencia interna estaba agotándose. Duarte, con esa voz que buscaba imponerse incluso antes de que terminara la frase, intervino. Lo hizo sin levantar la ceja, como quien expresa una verdad obvia. Y dijo:
“Yo me como a los leones con todo y cola.”
La frase no fue un arranque teatral. Fue una declaración de identidad. Así se veía a sí mismo: un hombre capaz de morder más fuerte que cualquier enemigo político. En ese instante, esa visión encajaba perfectamente en el manual no escrito del viejo PRI: demostrar fuerza, intimidar, proyectar control absoluto. Quienes lo rodeaban entendieron el mensaje. El insubordinado, también.
El tiempo se encargó de demostrar que aquella frase no era una anécdota aislada. Era la filosofía de vida de Duarte. Con esa seguridad se abrió camino hasta la gubernatura de Chihuahua. Con esa convicción gobernó. Con esa misma arrogancia desafió instituciones, opositores, críticos y reglas. No era el único político mexicano con ese molde, pero sí uno de los más fieles a su caricatura de “hombre fuerte del norte”.
Ese tipo de liderazgo tiene algo seductor y, al mismo tiempo, profundamente autodestructivo: quienes lo ejercen creen que la fuerza personal es suficiente para mantener a raya consecuencias inevitables. Piensan que la valentía se mide por el volumen del rugido y no por la precisión de los actos. Y construyen su relato con frases que suenan rudas, pero que esconden una fragilidad que solo se revela cuando las luces del poder se apagan.
Hoy, Duarte enfrenta acusaciones por lavado de dinero, desvíos millonarios y un deterioro político que ni sus viejos aliados pueden rescatar. La Fiscalía habla de transferencias ilícitas, empresas fachada y recursos que terminaron en cuentas que no debieron existir. Los expedientes avanzan, las audiencias se acumulan, los jueces deliberan. No es el escenario de un devorador de leones: es el retrato de un hombre al que la ley alcanzó mucho después de que la soberbia lo había debilitado.
Pero sería ingenuo afirmar que la caída de Duarte es un triunfo de la justicia. No lo es. Su captura ocurrió en tiempos de Enrique Peña Nieto, en un contexto donde las decisiones jurídicas y las decisiones políticas viajaban en el mismo vehículo. Lo que terminó llevándolo a prisión no fue un despertar moral del sistema, sino los excesos que ya no podían ocultarse y la conveniencia de desmontar a un aliado que dejó de ser útil.
En México, la ley muchas veces opera como un accesorio del poder, no como su límite. Y en ese terreno, la caída rara vez responde a criterios éticos: responde a cálculos. Duarte se convirtió en una ficha sacrificable, una figura cuyo encarcelamiento ofrecía oxígeno al gobierno federal y a su propio partido. Fue revancha, fue mensaje, fue cobro interno entre estructuras que conocen bien la mecánica del castigo selectivo.
Aun así, hay responsabilidades imposibles de borrar. Las acusaciones contra Duarte no son inventos. La corrupción fue real, masiva, documentada. Pero su captura no fue el triunfo de un sistema que funciona: fue el ajuste de cuentas de un sistema que opera según sus propios intereses. Y esa distinción importa porque revela una verdad más amplia: en la política mexicana, los depredadores no caen por devorar demasiado, sino por dejar de pertenecer al grupo que los protegía.
Lo fascinante —y trágico— es que los políticos que presumen invencibilidad rara vez entienden que el verdadero peligro no está en los enemigos visibles, sino en la dinámica del poder mismo. El poder es un animal impredecible: te carga, te protege, te alimenta… hasta el día en que decide soltarte. Y cuando eso sucede, la caída no tiene red.
En un país donde la narrativa del macho político fue celebrada durante décadas, muchos llegaron a creer que ser temerario los hacía fuertes. Pero la fuerza, en política, nunca está en la capacidad de intimidar. Está en la capacidad de construir sin destruir. De gobernar sin aplastar. De sostener el cargo sin devorarlo todo.
La historia de Duarte, vista desde su celda, revela algo que no aprendió a tiempo: los límites existen. Existen para todos. Existen incluso cuando la ambición intenta negarlos. Existen para el que se cree cazador y para el que se siente dueño de la selva. El político que piensa que puede comerse a los leones termina, tarde o temprano, enfrentando un animal más grande. A veces ese animal es la justicia. A veces es la opinión pública. A veces es la propia estructura que antes lo aplaudía.
Y entonces vuelvo a su frase. No como anécdota, sino como símbolo. El hombre que aseguraba devorar leones terminó enfrentando algo que nunca calculó: los colmillos del mismo ecosistema que lo había protegido.
César Duarte creyó que se comía a los leones con todo y cola.
La selva lo dobló, no por justicia, sino por revancha: así cae el que se excede en un país donde la ley no siempre juzga… pero siempre cobra.






