Por: Sergio Soto Azúa

PARTE 2 DE 3

Ayer escribí que Saltillo tiene una ventaja que muchas ciudades tardan décadas en conseguir: seguridad. También hablé de nuestra industria, de la competitividad y de algunas de las cosas que aún nos faltan para poder compararnos realmente con las mejores ciudades del mundo.

Pero mientras investigaba para esta trilogía encontré algo que me hizo cambiar la forma de ver una parte de nuestra ciudad.

La montaña que vemos todos los días no es solamente paisaje.

Es infraestructura.

Y quizá una de las infraestructuras más importantes que tenemos.

La Sierra de Zapalinamé está directamente vinculada con el sistema de agua que sostiene a Saltillo. El Gobierno de Coahuila señala que en esta zona se ubica un acuífero clave para la recarga hídrica y advierte que sus condiciones ambientales deben preservarse para evitar su urbanización. Además, los diagnósticos estatales identifican al acuífero Saltillo–Ramos Arizpe como sobreexplotado y confirman que las aguas subterráneas son la principal fuente de abastecimiento en la región. (Secretaría de Medio Ambiente)

Eso cambia completamente la conversación.

Porque proteger la montaña deja de ser un tema ambiental aislado y se convierte en una política de seguridad hídrica. Hablar de Zapalinamé es hablar de recarga de acuíferos, de suelo, de vegetación y del futuro mismo de la ciudad.

Y ese futuro ya está en movimiento. La zona metropolitana de Saltillo superó el millón de habitantes y creció 25.3 por ciento entre 2010 y 2020. El crecimiento urbano implica una presión directa sobre el agua: más población, más consumo, más demanda sobre un sistema que depende de la recarga natural del subsuelo.

Aquí es donde la idea central se vuelve evidente: una ciudad moderna no solo construye infraestructura de concreto, también protege su infraestructura natural. Una carretera mueve personas, un aeropuerto conecta ciudades, pero un acuífero sostiene la vida. Y una sierra que permite la infiltración del agua puede ser tan valiosa como cualquier obra visible desde la avenida.

De hecho, el propio sistema de abastecimiento ya ha mostrado su vulnerabilidad. En mayo, una falla eléctrica provocada por una tormenta dejó fuera de operación equipos de bombeo vinculados a la captación de Zapalinamé y afectó a 24 colonias. El servicio se restableció tras la intervención del Municipio, CFE y Aguas de Saltillo. (Gobierno de Saltillo)

El municipio, por su parte, ha impulsado obras para incrementar la disponibilidad de agua mediante la habilitación de nuevos pozos y el aumento del caudal en la red. Pero el punto de fondo no es la obra inmediata, sino la dependencia estructural: cuánto tiempo puede sostenerse un sistema basado principalmente en extracción subterránea sin comprometer su recarga futura. (Gobierno de Saltillo)

Y aquí entra un actor clave que no puede quedar fuera de esta conversación: la Universidad Autónoma Agraria Antonio Narro.

La Narro no es una universidad cualquiera. Está en Saltillo y concentra conocimiento especializado en tierra, agua, agricultura, recursos naturales y desarrollo sustentable. Su propia misión institucional incluye la promoción del desarrollo sostenible, y en 2022 firmó un convenio con el Municipio para colaborar en investigación, asesoría y capacitación en temas rurales y urbanos. (UAAAN)

Ese mismo año también participó en la integración del Consejo Municipal de Medio Ambiente y Desarrollo Sustentable, vinculado a la protección del Cañón de San Lorenzo. (UAAAN)

No se trata, por lo tanto, de una institución ausente. La pregunta es otra: si su conocimiento está siendo utilizado a la escala que la ciudad necesita.

Porque una universidad de este tipo podría ser mucho más que un centro educativo. Podría funcionar como un laboratorio urbano y ambiental: recuperación de zonas de recarga, eficiencia en el uso del agua, agricultura urbana, restauración de suelos, monitoreo de calidad del aire y formación de una cultura hídrica desde la educación básica.

No se trata de sustituir al gobierno, sino de aprovechar el conocimiento disponible en una ciudad que ya lo tiene dentro de su propio territorio.

Esto es aún más relevante si consideramos que Saltillo también enfrenta retos ambientales medibles. Investigaciones con participación de la UAAAN han analizado la calidad del aire en 2024 y encontraron que en la zona oeste solo 48.8 por ciento de los días presentaron buena calidad del aire, mientras que en el sur la cifra fue de 71.7 por ciento. No es un escenario de crisis, pero sí una señal clara de que una ciudad industrial debe medir y gestionar mejor su impacto ambiental. (UAAAN)

En ese contexto, la Sierra de Zapalinamé no solo es un sistema hídrico, también puede ser una oportunidad de desarrollo si se entiende correctamente. Senderismo, ciclismo, turismo de naturaleza, educación ambiental, investigación científica y actividades recreativas pueden integrarse sin comprometer su conservación.

No se trata de urbanizar la sierra ni de convertirla en un parque temático, sino de reconocer que la conservación también puede generar valor económico, educativo y social.

Otras ciudades ya lo entendieron. San Diego integró su entorno natural a su identidad urbana. Vancouver hizo de sus montañas parte de su marca global. Boulder convirtió su paisaje en un activo económico y cultural. Saltillo no necesita copiarlas, pero sí aprender que la naturaleza no es un límite al desarrollo, sino parte de su estrategia.

Y aquí regreso al punto de partida.

Saltillo ya tiene seguridad, industria, talento y competitividad. Pero también tiene algo que no siempre aparece en los rankings: una infraestructura natural que sostiene su futuro hídrico.

El problema ya no es la falta de recursos.

Tenemos recursos.

Tenemos conocimiento.

Tenemos universidades.

Tenemos empresas.

Tenemos ciencia.

Tenemos una sierra.

Tenemos una economía sólida.

La pregunta es qué estamos haciendo con todo eso.

Porque una ciudad no se vuelve grande por acumular ventajas.

Se vuelve grande cuando aprende a integrarlas.

Y ahí es donde empieza la tercera parte.

Porque tener seguridad es una ventaja.

Tener agua es una necesidad.

Tener conocimiento es una oportunidad.

Pero convertir todo eso en una visión de ciudad requiere algo que ninguna estadística puede medir: voluntad política.

Y esa será la conversación de mañana.

Por Liz Salas