Por Sergio Soto Azúa

Dormía profundamente en un cuarto oscuro de hotel en Irlanda cuando me faltó el aire. Un segundo antes estaba perdido en ese sueño pesado que solo ocurre lejos de casa; un segundo después, mi cuerpo me arrancó del fondo como quien rescata a alguien del agua. Abrí los ojos con esa sensación urgente y torpe de quien intenta respirar y no puede. No era nada grave: unos mocos secos taponando la nariz. Pero la falta de aire siempre llega con un recordatorio: despierta.

Viajar a Europa con jet lag incluido tiene sus costos. Dos noches antes había manejado desde el aeropuerto todavía con otro horario metido en la sangre. Me desperté a las dos de la mañana, trabajé hasta las cuatro, volví a quedarme dormido como quien cae rendido. Y en esa profundidad, donde uno pierde noción del cuerpo, fue cuando el aire dejó de pasar.

Y ahí, en ese instante mínimo donde la vida se sostiene en un hilo delgado, entendí algo: a veces lo único que nos mueve es una interrupción. No siempre es el problema en sí; es la sacudida. Es el jalón que no pedimos, pero nos revela en qué posición estamos acostados sin darnos cuenta.

Lo curioso es que no me despertó un peligro real, sino el recordatorio del cuerpo de que hay que volver. Y esa metáfora se me quedó dando vueltas mientras abría la ventana del baño para agarrar bien el aire frío de Irlanda. Porque la vida, igual que la respiración, tiene ese detalle discreto: uno puede estar dormido profundamente sin saber que se está quedando sin oxígeno.

El viaje que traje a mi familia empezó antes de que mis hijos existieran. Ana Rosa y yo compartimos desde antes de casarnos este gusto por aprender, por movernos, por no quedarnos quietos. Cuando nació Anna Lucía, a los seis meses ya estaba conociendo su primer destino. Máximo igual. Y desde entonces, nuestra vida se ha escrito a partir de esa convicción: viajar no es un lujo; es una forma de estar despierto. Es una forma de pelear contra la rutina, contra esa sensación de vida automática que asfixia sin que uno lo note.

Por eso este viaje no es turístico. Es una historia larga que venimos construyendo desde antes de ser cuatro. Y tal vez por eso el cuerpo me dio ese aviso en la oscuridad: porque estaba demasiado entregado al cansancio para darme cuenta de que bajo la cobija también se puede perder el aire.

Hay despertares que vienen con un ruido, otros con una pérdida, otros con un golpe. El mío vino con el silencio y la falta de respiración. Y mientras me acomodaba en la cama, entendí también que uno puede sentirse pleno, logrado, estable… y aun así quedarse sin aire. No por enfermedad, sino porque la vida tiene la habilidad de apretar cuando más relajados estamos.

El cuerpo, sábio como es, me recordó algo más: si no despertaba, me moría. Y la muerte habría llegado no por tragedia, sino por descuido. Por no moverme. Por no cambiar de posición. Por no hacer lo que la vida exige cuando quiere que sigas aquí: reaccionar.

Lo interesante es que, al despertar, perdí algo y gané algo. Perdí la profundidad del sueño. Pero gané el día. Gané la oportunidad de ajustar mi horario, de alinearme al mundo en el que estoy, de tomar el ritmo de Irlanda con la claridad de quien ya respiró después de creer que no podía. Y eso es un símbolo perfecto de la vida: cada despertar tiene un costo, pero siempre te da algo si sabes verlo.

Las personas que me leen no necesitarían estar en Irlanda para entender esto. A muchos les falta el aire en sus propias casas. A muchos se les cierra el pecho en sus propios trabajos. Mucha gente vive con ese cansancio profundo que se acumula durante años, sin darse cuenta de que la vida les está diciendo lo mismo que a mí: muévete. Haz algo. Cambia de posición. No esperes a ahogarte.

El aire no siempre falta por una gripe. A veces falta por una conversación pendiente, por un perdón guardado, por un proyecto que se pospone, por un miedo que no se enfrenta, por un rol que ya no queda. A veces nos ahogan los días iguales, los silencios largos, las rutinas que no elegimos. Y hay quien vive tan dormido que no nota que ya respira por inercia y no por intención.

Entre los europeos dicen que los viajes no cambian a nadie; solo aceleran lo que la persona ya era. Y en parte es cierto. Este viaje me encontró siendo el mismo: padre, esposo, narrador de mis días, alguien que cree en aprender mientras camina. Pero la falta de aire me recordó algo que a veces olvido: uno puede vivir despierto y aun así no estar respirando bien. El cuerpo lo sabe antes que la mente.

Mientras me baño en este hotel y por fin se despeja la nariz, pienso que lo mismo pasa en la vida emocional. A veces basta una buena “descongestión”, una limpieza de lo que estorba, para que todo vuelva a su sitio. Para que la vida vuelva a circular. Para que el aire vuelva a entrar.

Respirar parece tan simple que lo damos por hecho. Vivir también. Pero la verdad es que ninguna de las dos cosas está garantizada. Por eso, cuando la vida te quita el aire por un instante, no siempre es una amenaza. A veces es una invitación. A veces es la forma más elegante que tiene el destino de decirte: despierta, porque todavía hay mucho que ver.

Y hoy, aquí en Dublín, con frío afuera y con mi familia esperando para salir a explorar, agradezco ese pequeño susto nocturno. Porque me recordó que estoy vivo. Que sigo aquí. Que sigo respirando. Y que mientras tenga aire, siempre habrá historia que contar.

Por Liz Salas