por Sergio Soto Azúa

Hay una confusión peligrosa instalada en la conversación pública: creer que opinar es lo mismo que entender. No lo es. Y ese error —cada vez más frecuente— es el que tiene secuestrada buena parte del debate político, mediático y social. A ese error, en México, se le llama villamelón.

El villamelón no es el que se equivoca. Todos nos equivocamos. El villamelón es el que opina sin contexto y, peor aún, sin curiosidad. El que llega tarde, grita fuerte y exige como si hubiera estado ahí desde el inicio. El que confunde volumen con autoridad y likes con razón.

Hoy el villamelonismo ya no vive solo en los estadios. Se mudó a la política, a los medios, a las redes sociales y a la conversación cotidiana. Está en quien exige resultados sin entender procesos. En quien pide renuncias sin conocer funciones. En quien sentencia personas sin revisar hechos. En quien cree que tener una plataforma equivale a tener criterio.

Por eso esta columna se llama Aquí no es Villamelón. No como insulto, sino como advertencia. Porque aquí no se viene a reaccionar; se viene a pensar. Aquí no se escribe para la grada ni para la porra. Aquí no se reparte aplauso ni se persigue linchamiento.

El problema de fondo no es la polarización. La polarización es una consecuencia. El problema real es la ignorancia orgullosa: esa que no pregunta, no escucha y no duda. Esa que ya decidió antes de informarse. Esa que convierte cualquier tema —seguridad, economía, imagen pública, poder— en un ring emocional donde gana el que grita más fuerte.

En el círculo rojo esto debería ser obvio, pero no siempre lo es. Incluso entre políticos, analistas y comunicadores se ha normalizado opinar sin leer, reaccionar sin verificar y repetir narrativas ajenas como si fueran propias. Se discuten consecuencias sin entender causas. Se exigen soluciones sin aceptar diagnósticos incómodos. Se confunde la crítica con el ataque y la lealtad con el silencio.

Hace unos días, caminando por Belfast, en Irlanda del Norte, recordé una historia sencilla que explica más que muchos tratados. Durante los años de The Troubles, católicos y protestantes se mataban por identidad, por historia, por herencias que no eligieron. Una noche, en un pub, entraron personas de ambos bandos. El ambiente se tensó. El cantinero, sin discursos ni heroísmos, dijo algo simple: “Aquí no van a pelear”. No resolvió el conflicto histórico. Pero definió el espacio. Y lo sostuvo.

Eso es lo que hace falta hoy en muchos espacios públicos: alguien que defina el terreno. Que diga con claridad qué sí y qué no. Qué se discute y cómo. Qué se vale y qué no. Aquí no es Villamelón cumple esa función. No porque tenga la verdad absoluta, sino porque no acepta el ruido como sustituto del pensamiento.

En política, el villamelón exige resultados inmediatos sin entender inercias institucionales. En medios, opina sin leer documentos ni antecedentes. En redes, lincha sin pruebas y luego pasa al siguiente tema. En todos los casos, el patrón es el mismo: prisa. El villamelón no falla por falta de inteligencia, falla por falta de paciencia.

Y la paciencia —en análisis— no es pasividad. Es profundidad. Es saber que los procesos importan más que los titulares. Que el contexto cambia la lectura. Que no todo se resuelve con una frase viral ni con una postura moral simplificada.

Esta columna no pretende quedar bien con todos. Tampoco busca convencer al que ya decidió no pensar. Está escrita para quien todavía cree que el análisis importa, que la conversación pública merece rigor y que disentir no implica descalificar.

Aquí se puede criticar al poder, pero con argumentos. Aquí se puede señalar errores, pero entendiendo el tablero completo. Aquí se puede incomodar, pero sin caer en la caricatura. Aquí se puede escribir con filo sin renunciar al contexto.

Por eso el nombre no cambia. Los temas sí. Hoy puede ser política, mañana imagen pública, pasado mañana deporte o liderazgo. Pero el criterio es el mismo: no confundir ruido con opinión, ni indignación con inteligencia.

Aquí no es Villamelón no es una consigna. Es una regla del juego. Y quien no quiera jugar con contexto, memoria y responsabilidad, no está siendo excluido. Simplemente está en otro lugar.

Aquí no.

Por Liz Salas