Por: Sergio Soto Azúa
La primera vez que vi a Máximo frente a un estadio del Mundial pensé que estaba cumpliendo un sueño mío. La segunda vez entendí que no. En Guadalajara tenía cinco años y caminaba a mi lado preguntando cosas que solamente un niño puede preguntar cuando entra por primera vez a un estadio y descubre que miles de personas pueden gritar al mismo tiempo por algo que todavía no termina de comprender. Meses después, en Nueva Jersey, volvimos a cruzar juntos las puertas de un estadio, pero esta vez para una final del mundo. Yo ya sabía lo que significaba estar ahí. Él no. Y quizá por eso su cara me enseñó algo que yo había olvidado.
Este Mundial me hizo pensar mucho en una frase que me dijo Alex Martínez mientras regresábamos de Dallas a Saltillo. Yo iba manejando y hablábamos del viaje cuando, de pronto, me dijo: “Se siente bien no pensar. Gracias, en serio, por eso, carnal”. No estaba hablando de los estadios ni de los hoteles. Me estaba hablando de la tranquilidad de que alguien más hubiera pensado en los vuelos, las reservaciones, los traslados y qué hacer después. Ramón Martínez, cuando le conté lo que Alex me había dicho, me confirmó que él también había sentido algo parecido. Dos hombres acostumbrados a resolver habían podido, durante unos días, simplemente disfrutar.
Entonces comprendí que quizá eso era lo que yo estaba haciendo también conmigo mismo. Durante muchos años uno aprende a vivir pendiente de lo que sigue: el trabajo, la familia, los compromisos, los problemas, los proyectos y las cosas que todavía faltan. Y llega un momento en que puede ocurrir algo extraño: tienes más posibilidades que antes, pero sigues comportándote como si todavía no tuvieras permiso para disfrutar. Como si todo lo que construiste solamente sirviera para construir lo siguiente.
Yo decidí romper con eso.
Después del partido de Portugal contra España en Dallas, donde tuve la oportunidad de vivir una experiencia de hospitalidad que durante mucho tiempo solamente había imaginado, terminé comprando un boleto para la semifinal de Atlanta. Estaba en el hotel, conversando con unos venezolanos, y vi que todavía había posibilidades de conseguir un buen lugar. Quería ver jugar a Messi, tenía el dinero disponible y decidí hacerlo. No pregunté si alguien quería acompañarme. Sabía que, en ese momento, ese viaje era mío. Y por primera vez en mucho tiempo no sentí la necesidad de justificar una decisión que simplemente quería tomar.
La semifinal terminó y yo pensé que ahí había terminado mi Mundial. Horas después, mientras estaba en el hotel viendo el All-Star Game, un amigo me ofreció dos boletos para la final que no podía utilizar. Me dijo que me los pagara como pudiera. Los compré. Después pensé en Máximo y supe inmediatamente con quién quería vivirlo. También compré los vuelos de Ana y Anna Lucía para que pudieran acompañarnos a Nueva York. Ellas tendrían su propio viaje mientras Máximo y yo iríamos al partido. De pronto, lo que había comenzado como una aventura personal se convirtió en una experiencia familiar.
Cuando llegaron a JFK fui a esperarlos con una cartulina que decía “Familia Soto Martínez”. Nunca me habían recibido así y pensé que quizá ellos merecían sentir lo bonito que es encontrar a alguien esperándote con ilusión. Cuando vi correr a Ana, a Anna Lucía y a Máximo hacia mí, después de un viaje que los había llevado hasta Nueva York, sentí que ya había valido la pena. El Mundial todavía no terminaba y, sin embargo, yo ya tenía uno de esos recuerdos que no caben en una fotografía.
Al día siguiente, Máximo y yo caminamos hacia la final con nuestras camisetas de México, gorras iguales y las cadenas que habíamos comprado en Boston. Él iba preguntando de qué país era cada persona que encontrábamos. Cuando cruzamos el acceso y le dije que ya estábamos dentro del estadio para una final del mundo, volvió a aparecer aquella expresión que yo había visto en Guadalajara. Después llegaron los helicópteros, los artistas, los aviones, los fuegos artificiales, las pantallas, los himnos y todo aquello que convierte una final en algo mucho más grande que un partido.
Máximo preguntaba por Messi, miraba hacia todos lados y cada pocos minutos encontraba algo nuevo que lo sorprendía. Hasta que el cansancio pudo más. Se quedó dormido en mis brazos en uno de los pasillos del estadio. Encontré un espacio con sombra, me senté y lo dejé descansar. Alrededor de nosotros seguía ocurriendo una final del mundo, pero durante unos minutos no me importó nada de eso. Estaba sentado con mi hijo dormido encima, tranquilo, después de haber llegado hasta ahí conmigo, y sentí una felicidad difícil de explicar.
Lo desperté para el segundo tiempo extra y regresamos al partido. Poco después España marcó y Máximo pudo escuchar el grito de miles de personas celebrando un gol en una final. Después volvimos con Ana y Anna Lucía. Venía cansado, emocionado y todavía procesando todo lo que había visto cuando me dijo: “Papá, este es el mejor día de mi vida”. Y ahí entendí que él no sabía cuánto había costado ese boleto, ni cuántas decisiones había detrás de ese viaje, ni las veces que yo había pensado si debía hacerlo. Para él solamente había sido un día extraordinario con su papá.
Quizá por eso hoy veo de otra manera aquello que algunos podrían considerar un exceso. No necesito explicar cuánto costó ni convencer a nadie de que valió la pena. Cada quien sabe qué hace con lo que ha trabajado para conseguir. Yo solamente sé que habrá cosas que algún día desaparecerán, pero nadie podrá quitarme aquella cara de Máximo al entrar al estadio, ni su cuerpo dormido entre mis brazos, ni la frase que me dijo cuando terminó el día.
Y quizá ese sea el verdadero privilegio: no tener la posibilidad de comprar cualquier cosa, sino llegar a un momento de la vida en el que puedas decir que aquello que construiste también te permitió vivir. Que el trabajo no se convirtió solamente en cuentas pagadas y responsabilidades cumplidas, sino también en recuerdos que tus hijos podrán llevarse cuando sean adultos. Porque algún día Máximo entenderá lo que significó aquella final. Y cuando la recuerde, tal vez ya no piense en el precio de los boletos ni en el estadio. Ojalá recuerde que su papá quiso estar ahí con él.
Por eso aquella frase de Alex terminó adquiriendo otro significado para mí. Se siente bien no pensar. Después de tantos años de pensar en lo que falta, quizá también es necesario aprender a reconocer lo que ya está. Mirar alrededor, abrazar a quienes amas y permitirte disfrutar sin sentir que tienes que pedir permiso.
Porque al final uno trabaja pensando que algún día llegará el momento de vivir.
Y cuando llega, más vale estar ahí.






