Por: Enrique Martínez y Morales
Pocos monumentos representan tanto a México como el Ángel de la Independencia. Está en fotografías, monedas, celebraciones y hasta en placas vehiculares. Es uno de esos lugares que todos reconocemos, aunque muchos nunca nos hayamos detenido a observarlo con atención.
Lo primero que deberíamos saber es que el Ángel no es un ángel. La figura que corona la columna es, en realidad, una Victoria Alada, inspirada en la tradición clásica. Sostiene en la mano derecha una corona de laurel, símbolo del triunfo, y en la izquierda una cadena rota, que representa el fin del dominio español y la libertad conquistada.
La Columna de la Independencia fue proyectada por el arquitecto Antonio Rivas Mercado. Como dato curioso, en 1931 su hija Antonieta, destacada promotora cultural, se quitó la vida de un balazo en el corazón dentro de la Catedral de Notre Dame, en París, con la pistola de José Vasconcelos, fallido candidato presidencial y con quien mantuvo una relación sentimental.
Las esculturas fueron realizadas por el italiano Enrique Alciati. Porfirio Díaz inauguró el monumento el 16 de septiembre de 1910 para conmemorar el centenario del inicio de la lucha de Independencia.
Pero vale la pena mirarlo completo, porque prácticamente nada está ahí por casualidad.
En su base aparecen cuatro figuras que representan la Ley, la Justicia, la Guerra y la Paz. También están Hidalgo, Morelos, Guerrero, Nicolás Bravo y Francisco Javier Mina. Y entre tantas figuras solemnes destaca una particularmente interesante: un niño conduciendo a un enorme león. Representa al pueblo mexicano, fuerte en la guerra y noble en la paz.
Sobre la columna aparecen también los nombres de otros protagonistas de nuestra Independencia: Iturbide, Aldama, Allende, López Rayón, Galeana, Matamoros, Guadalupe Victoria y Mier y Terán. Y al frente, una inscripción resume el sentido de todo el conjunto: “La Nación a los Héroes de la Independencia”.
Hay otra característica que muchos desconocen. La columna no solamente conmemora a nuestros héroes. Desde 1925 funciona también como mausoleo. Ese año fueron trasladados desde la Catedral Metropolitana los restos de los héroes de la Independencia para ser depositados en su interior.
Y ahí dentro aparece uno de los personajes más fascinantes y menos conocidos de nuestra historia. No están sus restos, sino una escultura que lo representa en la hoguera: Guillén de Lampart.
Era irlandés, vivió en la Nueva España en el siglo XVII y concibió uno de los primeros proyectos conocidos para separar a la Nueva España de la Corona española, más de siglo y medio antes del Grito de Dolores. La Inquisición descubrió sus planes, lo encarceló durante años y finalmente murió quemado en 1659.
Más de un siglo después de su inauguración, seguimos llamándolo simplemente “el Ángel”. Ahí celebramos campeonatos, nos reunimos en momentos históricos y expresamos alegrías, inconformidades y causas. Con el tiempo, dejó de ser solamente una obra conmemorativa para convertirse en uno de nuestros grandes símbolos nacionales.
El Ángel que no es ángel cuenta nuestra historia de abajo hacia arriba, hasta llegar a esas alas doradas que, desde hace más de un siglo, conmemoran esa libertad que nadie nos regaló y que debemos proteger a toda costa.






