Por: Sergio Soto Azúa
Hay una pregunta que domina cualquier conversación política en Coahuila.
No importa si es en un restaurante, en un café, en una oficina de gobierno o en una reunión de empresarios.
La pregunta siempre es la misma.
¿Quién será el sucesor de Manolo Jiménez?
Y conforme pasan los meses, la ansiedad crece. Cada fotografía, cada gira, cada nombramiento y cada reunión son analizados como si escondieran un mensaje.
Muchos creen que el gobernador no dice quién será porque todavía no lo decide.
Yo tengo otra teoría.
No lo dice porque ese es precisamente su mayor poder.
La mayoría de la gente cree que un gobernador es poderoso porque controla un presupuesto, porque hace nombramientos o porque toma decisiones.
No.
El verdadero poder de un gobernador es mucho más sofisticado.
Consiste en lograr que toda la clase política siga dependiendo de él.
Imaginemos por un momento que mañana, a las ocho de la mañana, Manolo Jiménez convocara a una conferencia de prensa y dijera:
“Él será mi candidato para sucederme.”
¿Qué pasaría?
En cuestión de horas cambiaría toda la política de Coahuila.
Los demás aspirantes entenderían que la carrera terminó.
Muchos comenzarían a buscar otro proyecto.
Otros negociarían su futuro.
Algunos perderían motivación.
Y el elegido, de manera natural, empezaría a construir su propio equipo, sus propias alianzas y su propia agenda.
No porque fuera desleal.
Sino porque así funciona el poder.
El centro de gravedad de la política empezaría a desplazarse del gobernador hacia quien todos considerarían el próximo gobernador.
Por eso el silencio tiene tanto valor.
Mientras no haya definición, todos siguen mirando hacia el mismo despacho, todos buscan una audiencia y todos necesitan seguir siendo competitivos.
En política, la incertidumbre disciplina; la certeza libera.
Durante el sexenio anterior, muchos observadores interpretaron que la construcción política de Manolo Jiménez fue haciéndose cada vez más visible. Su presencia, las responsabilidades que asumía y la proyección que fue adquiriendo llevaron a muchos a concluir que el camino estaba cada vez más definido.
Hoy el estilo parece distinto.
Manolo Jiménez ha optado por no enviar una señal tan evidente sobre quién podría sucederlo. Al mismo tiempo, cada movimiento dentro del gobierno alimenta el análisis sobre quién gana espacio, quién lo conserva y quién parece perderlo.
Pero quizá el error sea seguir preguntándonos quién es el favorito.
La pregunta verdaderamente interesante es otra.
¿Por qué el gobernador no quiere que todavía exista un favorito indiscutible?
Porque mientras existan varios jugadores convencidos de que todavía tienen posibilidades, todos seguirán trabajando, construyendo acuerdos y procurando mantenerse cerca del centro de las decisiones.
El gobernador conserva el control del tablero.
No necesita decir una palabra.
Las señales hablan por él.
Y aquí aparece una lección que trasciende a Coahuila.
La política mexicana siempre ha estado obsesionada con el “destape”. Todos quieren saber el nombre, todos buscan adelantarse, todos quieren ser los primeros en descubrir al elegido.
Pero el poder no consiste en revelar el nombre.
Consiste en decidir cuándo conviene revelarlo.
Porque el silencio también comunica, ordena y manda.
Quizá por eso la pregunta de fondo no es quién será el próximo gobernador.
Sino por qué, después de tantos meses, toda la conversación sigue girando alrededor de una sola figura: Manolo Jiménez.
Y mientras eso ocurra, la respuesta es sencilla.
El que marca los tiempos de la sucesión sigue siendo el que ocupa hoy el despacho principal de Palacio de Gobierno.
Porque en política, como en el ajedrez, el jugador más fuerte no es el que mueve primero.
Es el que obliga a todos los demás a esperar su siguiente movimiento.






