Por: Sergio Soto Azúa

PARTE 1 DE 3

Esta es la primera de tres columnas que publicaré hoy, mañana y pasado mañana. Las tres parten de una misma pregunta: ¿qué tan grande puede llegar a ser Saltillo si dejamos de compararnos con las ciudades que están detrás de nosotros y empezamos a medirnos con las que están adelante?

No pretendo hacer una defensa de Saltillo ni una crítica por la crítica. Quiero hacer algo más incómodo: poner sobre la mesa lo que tenemos, compararlo con otras ciudades y descubrir, con números, dónde estamos bien y dónde seguimos estando muy lejos de lo que podríamos ser.

Porque hay una manera muy cómoda de medir una ciudad: compararla con las que están peor. Así siempre podemos sentirnos bien. Otra, mucho más incómoda, es compararla con las que están haciendo las cosas mejor. Y creo que Saltillo ya llegó al momento de dejar de preguntarse si es una buena ciudad y empezar a preguntarse qué necesita para convertirse en una gran ciudad.

Tenemos algo que muchas ciudades tardan décadas en conseguir: seguridad. Y la seguridad no es un adorno. Es el piso sobre el que se construye todo lo demás. Sin seguridad es muy difícil atraer inversión, conservar talento, desarrollar turismo o conseguir que una familia quiera quedarse. En marzo de este año, solamente 16.7 por ciento de los adultos en Saltillo consideró inseguro vivir en la ciudad, uno de los mejores resultados del país. (IMCO)

Eso no apareció por generación espontánea. Coahuila lleva años construyendo una estrategia de seguridad y Manolo Jiménez ha hecho de ella uno de los pilares de su gobierno. La coordinación entre Estado, municipios y las instituciones de seguridad ha conseguido algo que en otras partes del país parece imposible: convertir la seguridad en una ventaja competitiva. Pero precisamente por eso creo que ya no debemos conformarnos con ser una ciudad segura. La seguridad nos da el derecho de aspirar a mucho más.

El dato que me hizo pensar en todo esto fue otro. El Instituto Mexicano para la Competitividad acaba de colocar a Saltillo en el cuarto lugar nacional entre las ciudades mexicanas de más de un millón de habitantes. No estamos hablando de una encuesta de simpatías ni de una opinión personal. El índice mide la capacidad de las ciudades para generar, atraer y retener talento e inversión. Saltillo está entre las cinco mejores del país. (IMCO)

Entonces hice algo que quizá deberíamos hacer más seguido: dejé de mirar hacia abajo y miré hacia arriba. ¿Qué pasa si en lugar de compararnos únicamente con otras ciudades mexicanas nos comparamos con San Diego, Irvine, Dallas, Austin o algunas de las ciudades estadounidenses que compiten por las mismas empresas, por el mismo talento y, finalmente, por las mismas familias?

El resultado es interesante porque Saltillo no sale mal en todo. Si hiciéramos un tablero editorial, no oficial, con estrellas para visualizar nuestras fortalezas y debilidades, Saltillo tendría cinco estrellas en seguridad, cinco en economía y empleo y muy buenas calificaciones en costo de vida y vida familiar. Pero cuando llegamos a movilidad, conectividad internacional, inglés, innovación y algunos aspectos del espacio urbano, las estrellas comienzan a desaparecer.

Y eso me parece mucho más útil que repetir que somos una de las mejores ciudades de México. Porque una buena calificación no debe servir para dormir tranquilos. Debe servir para preguntarnos qué falta para obtener una todavía mejor.

En economía tenemos razones para ser ambiciosos. El IMCO señala que Saltillo tiene la informalidad laboral más baja entre las ciudades analizadas, con 25.55 por ciento, y una productividad de 583.63 pesos por hora trabajada. Tenemos industria, empleo formal, trabajadores especializados y una posición privilegiada frente al mercado estadounidense. No somos una ciudad que viva de la casualidad. Somos una ciudad que produce. (IMCO)

Pero ahí aparece el problema: durante años hemos medido nuestro éxito por las plantas que llegan, los empleos que se generan y los millones de dólares que se invierten. Todo eso importa, pero una ciudad verdaderamente competitiva tiene que preguntarse qué hace con esa riqueza. Porque producir para el mundo no necesariamente significa vivir como una ciudad del mundo.

Ahí entra la movilidad. Javier Díaz ha convertido este tema en una prioridad de su administración y sería injusto no reconocerlo. Su gobierno transformó el Instituto Municipal del Transporte en el Instituto Municipal de Movilidad Urbana Sostenible y ha trabajado en rutas, vialidades, semáforos, pasos peatonales y ciclocarriles. También ha impulsado una coordinación con Ramos Arizpe y el Gobierno del Estado para abordar la movilidad como un problema metropolitano. (Gobierno de Saltillo)

Pero una gran ciudad no puede limitarse a hacer más eficiente el tráfico que ya tiene. Tiene que preguntarse por qué tanta gente necesita utilizar un automóvil para hacer prácticamente todo. Necesitamos transporte público que sea una verdadera alternativa, banquetas que permitan caminar, ciclovías conectadas y una planeación que piense en el Saltillo de veinte años y no solamente en el problema de mañana.

Y luego está el inglés, quizá una de nuestras contradicciones más grandes. Saltillo está profundamente conectado con Estados Unidos. Nuestras empresas trabajan con estadounidenses todos los días, nuestros ingenieros participan en cadenas internacionales y una parte importante de nuestra economía depende de esa relación. Sin embargo, todavía no somos una ciudad verdaderamente bilingüe. El inglés sigue siendo para demasiados jóvenes una materia que se aprueba, en lugar de una herramienta que se utiliza.

Eso debería preocuparnos mucho más. El talento que competirá en el futuro no será solamente el que tenga un título universitario. Será el que pueda comunicarse, trabajar y hacer negocios con cualquier parte del mundo. Y para eso no tenemos que esperar a que cambie México entero. Una ciudad, un estado, las universidades y las empresas pueden ponerse de acuerdo para que una generación de saltillenses crezca hablando inglés.

También tenemos que hablar de innovación. El IMCO coloca a Saltillo muy bien en competitividad general, pero bastante más atrás cuando se trata de innovación y economía. Es una señal que no deberíamos ignorar. Somos muy buenos haciendo lo que ya sabemos hacer. La pregunta es si estamos creando las condiciones para que dentro de veinte años sigamos siendo competitivos cuando la automatización avance y cuando el conocimiento tenga todavía más valor que la mano de obra.

Porque ése es el verdadero peligro de una ciudad industrial: enamorarse de su éxito. Pensar que porque una planta llega, otra llegará; que porque hoy hay empleo, mañana también lo habrá; que porque las empresas están aquí, nunca tendrán razones para irse. Las ciudades que sobreviven generaciones no son las que se aferran a lo que les funcionó. Son las que utilizan ese éxito como capital para construir lo que sigue.

Saltillo tiene además algo que todavía no hemos sabido valorar en toda su dimensión: montaña, naturaleza y una geografía que muchas ciudades tendrían que recorrer cientos de kilómetros para encontrar. Tenemos la Sierra de Zapalinamé, y no solamente como paisaje. Su relación con el agua y con el entorno urbano la convierte en parte de nuestra infraestructura natural.

Pero ésa es otra historia.

La pregunta que queda después de revisar estos números es mucho más sencilla y mucho más incómoda: si Saltillo ya tiene seguridad, industria, empleo, talento y competitividad, ¿por qué seguimos pensando como una ciudad que tiene que conformarse?

Tal vez ya llegó el momento de dejar de compararnos con quienes están detrás.

Y atrevernos a mirar a quienes están adelante.

Porque cuando una ciudad ya está entre las cinco más competitivas de México, la pregunta deja de ser cómo sobrevivir.

La pregunta es hasta dónde puede llegar.

Por Liz Salas