Por Rodrigo Hernández Román
Coahuila no tiene una economía. Tiene cinco. Y su política pública sigue diseñada como si tuviera una. Eso, que suena a observación académica, es la explicación de fondo de casi todo lo que nos está pasando, y se puede demostrar con 5 cifras. Una por región.
Empecemos por el Sureste, que es donde está la capital y donde todo parece ir bien. La cifra es ésta: la planta de General Motors en Ramos Arizpe pasó de operar 3 turnos a uno. En enero despidió a alrededor de 1,900 trabajadores y eliminó el segundo turno; hoy la planta de ensamble trabaja con uno solo, y el propio sindicato estima que por cada despido en la armadora peligran 3 empleos en la cadena de proveeduría, con hasta 5,700 en riesgo. La inversión que levanta esa planta, para producir el Aveo y la Groove, no consolida hasta mediados de 2027. Y en el mismo kilómetro, con el mismo arancel y el mismo mercado, Stellantis contrató a más de 300 personas entre agosto y septiembre y analiza expansiones. Dos armadoras, resultados opuestos. Eso no es suerte: es portafolio de producto, y el Sureste no controla ninguno de los 2.
La Laguna. La cifra es 30%. Ése es el porcentaje de Torreón al que hoy llega Agua Saludable, el megaproyecto federal que tiene capacidad para entregar entre 6,300 y 7,500 litros por segundo y que ya concluyó redes troncales para 9 municipios. El agua está. Lo que no están son los tubos: hacen falta 3 líneas troncales para los sectores centro, oriente y sur, con un costo aproximado de mil millones de pesos que todavía no se autoriza. Y hay una fecha que casi nadie ha contado: los estudios técnicos deben estar listos antes del 15 de diciembre para poder gestionar el financiamiento federal de 2027. Siete semanas. La región que más agua recibió del gobierno federal en 20 años es la que no puede distribuirla.
El Centro. La cifra es 56 millones 368 mil dólares, la garantía de seriedad que ningún postor logró acreditar para quedarse con Altos Hornos de México. El plazo venció el 13 de octubre. La sindicatura informó que nadie la cubrió; la empresa oferente sostiene que sí pagó; el juzgado no lo ha confirmado. Y si finalmente no se acredita, el camino que se abre es que la siderúrgica termine en manos de sus acreedores preferentes, Pemex y Banca Afirme. Conviene entender lo que eso significa, porque cambia el destino de una ciudad: un comprador industrial quiere reactivar una planta; un acreedor quiere recuperar dinero. Son objetivos distintos y producen finales distintos. Monclova dejó de esperar un inversionista y empezó a esperar una negociación de cobranza.
La Carbonífera. La cifra es 43%, y es la que nadie ha puesto sobre la mesa. Históricamente, alrededor del 43% de la producción de carbón de esa región iba a las coquizadoras de AHMSA en Monclova, y cerca del 45% a las plantas de la Comisión Federal de Electricidad en Nava. Léalo otra vez: el colapso del Centro no es solamente el problema del Centro. Es también el problema de la Carbonífera, y son 2 regiones amarradas al mismo expediente judicial. Hay un paliativo real y hay que reconocerlo: la CFE mantiene el carbón coahuilense en su plan de generación con contratos hacia 2030, en octubre se asignaron 1.5 millones de toneladas a 12 empresas por unos 2,550 millones de pesos a 3 años, queda pendiente un volumen de 4.3 millones de toneladas, y el sector estima entre 4,500 y 5,000 empleos reactivados. Es oxígeno, y se agradece. Pero es oxígeno de un solo comprador, que además está en plena transición energética. Y este año se cumplen 20 de Pasta de Conchos, con 145 mineros muertos en la región desde entonces y 38 cuerpos todavía dentro de la mina. Esa cifra también es una política pública, aunque no aparezca en ningún tablero de competitividad.
Y la Frontera y el Norte, cuya cifra es 10: los cuarteles que el estado construyó con recursos propios para la Guardia Nacional, el Ejército y la Policía Estatal, colocados estratégicamente en la línea. Ahí está el mayor acierto verificable de esta administración, y es el que sostiene todo lo demás: 3 de las 5 ciudades más seguras del país y una relación de Estado a Estado con Texas que ha sobrevivido a varios cambios de gobierno en ambos lados. Pero la frontera es también la región cuya economía depende de una relación comercial que hoy se renegocia a golpe de arancel, y eso no se resuelve con cuarteles.
Ahora junte las 5 cifras: 3 turnos que se volvieron uno, 30% de cobertura, 56 millones que no aparecieron, 43% de dependencia de una empresa en quiebra, y 10 cuarteles que protegen un comercio que se decide en Washington. Lo que se ve no es un estado en crisis —Coahuila está lejos de eso, con cuarto lugar nacional de competitividad y más de 158 mil millones de pesos de inversión en lo que va del sexenio—. Lo que se ve es un estado con 5 velocidades distintas y un solo volante.
Y aquí está la tesis. Coahuila presume una cifra que hay que leer con cuidado: exporta el equivalente al 100.3% de su Producto Interno Bruto, con 96.3% concentrado en manufactura. Eso significa que el estado no tiene una economía diversificada, tiene varias economías especializadas, cada una amarrada a un solo cliente: el Sureste a las armadoras, la Laguna a su industria y a un acueducto federal, el Centro a un expediente judicial, la Carbonífera a la CFE, y la Frontera al comercio con Texas. Cinco monocultivos no son una diversificación. Son cinco apuestas simultáneas.
Lo que nos está haciendo falta a los coahuilenses no es inversión ni seguridad ni gestión; de esas 3 hay evidencia. Nos está haciendo falta algo más aburrido y más decisivo: una política de desarrollo regional diferenciada. Es decir, metas distintas por región, presupuesto etiquetado por región y un responsable con nombre por región, en lugar de un presupuesto estatal que se reparte por población y por inercia. Lo que el Sureste necesita —reconversión de proveeduría— no se parece a lo que necesita la Laguna, que son tubos; ni a lo que necesita el Centro, que es un plan para después de AHMSA; ni a lo que necesita la Carbonífera, que es un segundo comprador antes de que la transición energética le quite el primero.
Y la proyección, que es la parte que casi nunca se escribe. En lo económico, si no se abre una segunda columna de ingresos en los próximos 3 años, Coahuila va a entrar a la siguiente década con 2 regiones financiando a 3, y eso ya no es un desequilibrio: es una transferencia permanente. En lo social, la gente se mueve antes que el capital: cuando una región pierde su empleo ancla, lo que se va primero son los jóvenes calificados, y eso no se revierte con un parque industrial 10 años después; Monclova es la prueba viviente. Y en lo político es donde esto se vuelve delicado, porque en 2027 se renuevan los 38 ayuntamientos y después viene la sucesión de 2029, y una entidad con regiones que avanzan a velocidades tan distintas acaba produciendo agravios territoriales. Las tensiones entre regiones son el tipo de fractura que ningún partido administra bien, y Coahuila ha tenido la fortuna de no conocerla en serio. No conviene estrenarla.
Hay 2 proyectos con escala suficiente para cambiar este cuadro y los 2 están fuera de las manos del estado: el gas no convencional de las cuencas Sabinas-Burro-Picachos y Burgos, con un potencial estimado de 120.8 billones de pies cúbicos y del que se habla de más de 50 mil empleos en 10 años, y la resolución de AHMSA. Los 2 se deciden en la Ciudad de México. Y por eso lo que sí está en manos de Coahuila es llegar con condiciones a esas mesas: con reglas de agua verificables, con participación fiscal negociada y con un plan de reconversión ya escrito. Quien llega sin condiciones a una negociación no negocia. Acepta.
Nos hemos acostumbrado a hablar de Coahuila como si fuera un solo lugar porque comparte gobernador, bandera y equipo de beisbol. Pero un obrero de Nava, un ingeniero de Ramos Arizpe, un comerciante de Torreón y una familia de Monclova no viven en el mismo estado. Viven en 5. Y el próximo gobierno, el de 2029, va a heredar 5 economías o va a heredar una, dependiendo de lo que se decida en los próximos 3 años. Ésa, y no otra, es la discusión que a los coahuilenses nos está haciendo falta.
Lo que no se lee, se paga. Nos leemos la próxima semana.
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