Por: Sergio Soto Azúa

A veces basta con abrir el teléfono para sentir que el mundo ya llegó enojado. No hace falta salir a la calle. El tono está ahí, en el primer comentario que aparece, en la respuesta que no pediste, en la certeza absoluta de alguien a quien no conoces y que tampoco te conoce. Antes el enojo tenía horario y lugar. Ahora entra sin tocar la puerta.
Afuera, en la banqueta o en la fila del súper, la densidad de irritación se nota con facilidad. Un semáforo largo, un malentendido menor, una conversación de reojo bastan para percibir que la paciencia colectiva ha bajado. Pero lo que ha cambiado de verdad es que ese mismo tono ya no se queda afuera. Enciendes la pantalla en casa y encuentras la misma descarga, solo que multiplicada y sin cara. La gente no discute: descarga. Y lo hace con idéntica fuerza tanto si el tema es grande o insignificante.
El algoritmo ha hecho algo que casi no nombramos: ha puesto a comentar, en el mismo espacio y al mismo tiempo, a personas que en la vida real apenas se cruzarían. Cuando lees un comentario agresivo no sabes quién está detrás. Puede ser un niño de catorce años que aún no distingue entre lo que escribe y lo que provoca. Puede ser un adulto mayor que lleva décadas acumulando frustración. Puede ser alguien a quien la vida le ha salido mal en casi todo y ha encontrado en la pantalla el único lugar donde puede gritar sin costo inmediato. Puede ser una persona con estudios que formula con más precisión pero con la misma rabia, o alguien sin estudios que repite lo que escuchó en otro video. Puede ser pobre o rico. El algoritmo no muestra perfiles; muestra fragmentos. Y nosotros los leemos como si vinieran de un mismo tipo de persona.
Esa falta de contexto altera la lectura. Antes, si alguien gritaba en la calle, uno podía ver la edad, la ropa, el entorno y hacerse una idea, aunque imperfecta. Ahora solo llega el texto, desnudo de biografía. Por eso resulta tan fácil atribuirle al comentario una intención única y completa. No vemos al de catorce que está imitando. No vemos al que lleva años sintiendo que el progreso del que se habla no le tocó a él. No vemos al que simplemente está cansado y elige el camino más corto. Solo vemos la ira, y la ira, sin rostro, parece más monolítica de lo que es.
Las redes no inventaron el enojo, pero lo volvieron permanente y lo mezclaron. En 2025 Oxford eligió “rage bait” como palabra del año: contenido diseñado para provocar indignación porque la indignación retiene más tiempo en la pantalla. El algoritmo premia lo que genera reacción, y lo que más reacción genera suele ser lo más cargado. Así, la comparación entre vidas distintas se vuelve constante y emocional. Pankaj Mishra escribió sobre el resentimiento que aparece cuando las promesas de igualdad y avance chocan con una realidad donde no todos avanzan al mismo ritmo. Las redes han hecho esa comparación diaria y directa: el de abajo puede responderle al de arriba en el mismo video, y ninguno de los dos tiene que dar cuenta de quién es realmente. En ese vacío, el resentimiento no necesita un insulto concreto; basta con ver, una y otra vez, lo que otros tienen o lo que otros pueden decir con impunidad.
Hay una escena en Kung Fu Panda donde unos niños gritan “violencia, violencia” mientras se golpean y lo tratan como juego. La agresión se ha normalizado hasta volverse divertida. En las redes ocurre algo parecido, pero sin necesidad de estar en el mismo lugar. El algoritmo junta en un solo hilo al que creció donde el grito es lenguaje habitual y al que creció donde no lo es. Ambos leen lo mismo. Ambos pueden responder. Y como no hay perfil que los defina, resulta más fácil tratar cada comentario como si representara al mundo entero.
El costo se nota en dos sitios. En público, porque la conversación se deforma: se reacciona más a la descarga que al argumento. En privado, porque quien lee termina construyendo una imagen del mundo a partir de fragmentos anónimos. Uno acaba creyendo que “la gente” es más agresiva de lo que es, o que el otro lado es más uniforme de lo que es, simplemente porque solo ve lo que el algoritmo eligió mostrar. Y como no hay cara ni historia detrás, no hay forma sencilla de corregir esa impresión. Solo queda la acumulación.
Por eso mantener una sonrisa, o simplemente un tono más bajo, se ha vuelto más difícil de lo que debería. No es que falten motivos reales para enojarse. Es que el enojo se ha convertido en el ambiente predeterminado, y no sumarse exige un esfuerzo que antes no se notaba tanto. La sonrisa ya no es ligereza; es la decisión de no dejar que el fragmento anónimo decida el tono del propio día.
Al final queda una pregunta sencilla y molesta: ¿cuánta de esa ira estamos dispuestos a recibir y a devolver sin saber siquiera quién está del otro lado? Porque cuando no hay perfil que lo defina, resulta demasiado fácil tratar al comentario como si fuera el mundo. Y cuando eso se vuelve hábito, el margen para habitar la propia casa con un tono distinto se vuelve más estrecho de lo que imaginamos.

Por Liz Salas