Por: Rodrigo Hernández Román
Esta semana todos vamos a contar lo mismo: que Expo Coahuila abrió sus puertas, que el Rodeo Saltillo estrenó instalaciones, que se espera 90% de ocupación hotelera y que la Arena Ocho Segundos se llenó. Todo cierto y todo celebrable. Pero el dato que de verdad va a decidir si esa obra fue un acierto o un monumento no se va a conocer esta semana, y conviene decirlo ahora que nadie lo está diciendo: lo que importa no son estos 4 días. Son los otros 361.
Las cifras: el recinto se levantó en los terrenos de la antigua Feria de Saltillo con una inversión superior a 270 millones de pesos y, en su primera etapa, recibe entre 30 y 40 mil personas. La apertura la encabezó el gobernador Manolo Jiménez Salinas acompañado del alcalde Javier Díaz González. Ahora haga la división que nadie hizo en los discursos: 270 millones entre 4 días es una cosa; 270 millones entre 120 eventos al año es otra completamente distinta. El edificio es el mismo. Lo que cambia es si fue inversión o fue gasto.
Y reconozcamos lo evidente, porque sin eso la crítica no vale nada: hacía falta. Saltillo llevaba años perdiendo congresos y ferias que se iban a Monterrey porque aquí no cabían. Que se haya construido no es derroche: es una deuda que se pagó tarde. Lo que está en duda no es la obra, es el modelo de negocio.
Y aquí hay una distinción que en México se confunde siempre y que decide el destino de estos proyectos: un centro de exposiciones no es un palenque. Los conciertos llenan hoteles 4 noches y se van; dejan derrama y buenas fotos, pero no construyen una industria. El negocio real de un recinto así es el turismo de reuniones: congresos sectoriales, ferias de proveeduría, exposiciones industriales. Ese visitante gasta varias veces más que el de un espectáculo, se queda más noches, viene en temporada baja y regresa cada año porque su industria lo cita ahí. No viene por un artista. Viene por un calendario.
Y ahí Saltillo tiene una ventaja que casi ninguna ciudad mexicana puede presumir y que esta semana nadie mencionó: es la capital automotriz del país. El uso natural de ese recinto no es competir con el rodeo de Monterrey, es competir por las ferias de proveeduría automotriz, electromovilidad, semiconductores y manufactura avanzada que hoy se celebran en San Antonio y en Austin con expositores coahuilenses pagando vuelo, hotel y stand del otro lado de la frontera. Coahuila ya tenía el ecosistema, los expositores y los compradores; lo único que no tenía era el edificio. Ya lo tiene. La pregunta es si alguien salió a vender los otros 361 días o si vamos a esperar a que las ferias lleguen solas, que es la razón por la que en este país hay centros de convenciones vacíos de lunes a jueves.
Esto engancha con lo que planteamos aquí la semana pasada: Coahuila exporta el equivalente al 100.3% de su PIB, con 96.3% concentrado en manufactura. Un recinto que llene su calendario con ferias industriales le vende a la misma industria de la que dependemos, pero cobrándole en pesos y en noches de hotel en lugar de esperar qué deciden en una mesa de aranceles. Es la misma política de desconcentración, ejecutada con ladrillos.
En lugar de aplaudir, propongo 3 cosas medibles. Que se publique el calendario del recinto a 3 años, porque las ferias industriales se contratan con ese horizonte y no en abril para mayo. Que exista un buró de convenciones con metas públicas —eventos, noches de hotel, derrama por visitante— y no un área que organiza lo que llega. Y que se reporte la ocupación por días utilizados al año, que es el único indicador honesto, en lugar de la derrama del rodeo, que es el más fácil.
Ahora, un dato que ocurrió dentro de ese mismo edificio y que a mi juicio es la mejor prueba de para qué sirve tener uno. Lo primero que salió de Expo Coahuila hacia todo el país no fue un concierto: fue una conversación sobre la Presidencia de la República. Desde ahí transmitió Adela Micha, y ahí le dijo al gobernador, con toda la claridad del caso, que nada le impide ser presidente. La respuesta de Manolo Jiménez merece análisis, porque fue mejor de lo que se le ha reconocido: dijo que está concentrado en Coahuila, habló de un proyecto generacional del que puede formar parte sin encabezarlo, recordó que tiene un compromiso con los coahuilenses que no le deja tiempo para otra cosa, y remató con una frase que vale la pena guardar: en política, como pasa todo, no pasa nada.
Hay quien leyó eso como evasión. Yo lo leo como oficio, por 3 razones. La primera es aritmética del poder: cualquier gobernador que confirme una ambición presidencial a 4 años de distancia deja de gobernar ese mismo día, porque todo lo que haga después se leerá como campaña, sus adversarios se organizarán de inmediato y su capacidad de negociar con la Federación se desplomará. No confirmar no es timidez: es conservar la herramienta. La segunda es la fórmula del proyecto generacional, la construcción más inteligente que tenía disponible, porque acepta que existe un relevo nacional en marcha, se quita de encima la ambición personal y reparte el beneficio entre sus contemporáneos en lugar de convertirlos en rivales: en un partido que ya no es el de antes, ningún nombre solo alcanza para reconstruirlo; una generación completa, tal vez. Y la tercera es la más simple: una encuesta de junio lo colocó al frente de las preferencias priistas para 2030, y las encuestas a 4 años miden conocimiento del nombre, no viabilidad. Él lo sabe, y por eso no se compró el elogio.
Porque lo que vuelve nacionalmente viable a un gobernador no es la mención en una entrevista: es tener algo que enseñar. Y en eso Coahuila trae con qué: 3 de las 5 ciudades más seguras del país, 15 años de continuidad en seguridad que esta administración ya fue a explicar al Senado, más de 158 mil millones de pesos de inversión en el sexenio, una relación de Estado a Estado con Texas y, desde esta semana, un recinto de talla nacional. Ésa es la carpeta. El discurso es lo de menos.
Y ahí se cierra el círculo, porque el edificio y la carrera se miden con la misma regla: ninguno se juzga por la noche de la inauguración. El rodeo es el estreno, no el modelo de negocio; la entrevista es el estreno, no la candidatura. Dentro de un año nadie recordará quién cantó el jueves ni qué respondió el gobernador en televisión. Lo que se va a notar es si un martes cualquiera de febrero el estacionamiento de Expo Coahuila está lleno, y si al final de este sexenio Coahuila puede presumir resultados que ninguna encuesta tenga que explicar. Las inauguraciones las regala el calendario. Los otros 361 días hay que trabajarlos.
Lo que no se lee, se paga. Nos leemos la próxima semana.






