Por Rodrigo Hernández Román

100.3%. Ése es el porcentaje del Producto Interno Bruto de Coahuila que el estado exporta, segundo lugar nacional en ese indicador. Deténgase un segundo en lo que significa: Coahuila le vende al exterior más de lo que produce. Suena a trofeo y es, en realidad, la medida exacta de nuestra exposición. Ninguna otra cifra describe mejor lo que somos ni advierte con tanta claridad lo que nos puede pasar.

Los demás números dan cuerpo al cuadro y traen una tensión que conviene leer completa. En el segundo trimestre de 2026 Coahuila exportó 17,967.5 millones de dólares, 6% más que el año anterior y el nivel más alto en año y medio. Somos primer lugar nacional en exportación de equipo de transporte, con 19.5% de participación. El IMCO nos coloca en el cuarto lugar de competitividad con nivel Alto. Hasta ahí, todo celebración. Pero en el mismo periodo el estado cayó del tercero al cuarto lugar en participación nacional de exportaciones, cuando en el primer trimestre de 2025 era el segundo. Y el 96.3% de lo que sale de Coahuila es manufactura.

Júntelo y tendrá el diagnóstico: estamos creciendo en valor absoluto y perdiendo posición relativa. Eso no es una contradicción estadística, es una advertencia. Significa que Coahuila está creciendo al ritmo de su cliente y no al ritmo de su propia estrategia. Un estado que exporta el equivalente a todo su PIB, con 96 de cada 100 dólares concentrados en manufactura y liderado por un solo sector, tiene una fortaleza impresionante y una sola vena abierta: cualquier decisión que se tome en Detroit, en Washington o en una mesa de aranceles se siente en Ramos Arizpe y en Torreón antes de que se discuta en Palacio Nacional. Nuestra prosperidad depende hoy de conversaciones en las que no estamos sentados.

Por eso vale la pena nombrar con precisión algo que se ha venido contando como 3 agendas sueltas del gobierno de Manolo Jiménez Salinas, y que en realidad es una sola política: la desconcentración de la economía coahuilense. Seguridad, turismo y energía no son 3 banderas; son 3 maneras de reducir la dependencia de ese único sector.

El Modelo Coahuila, que el gobernador presentó hace unos días en el Senado de la República, no es solamente una política de seguridad: es la condición de entrada de cualquier inversión. Los 15 años de continuidad, la inversión en ciberseguridad frente a la extorsión y el fraude digital, y los 10 cuarteles construidos con recursos estatales para la Guardia Nacional, el Ejército y la Policía Estatal no se traducen en votos de manera automática, pero sí en algo más duradero: en que un consejo de administración en Michigan o en Baviera pueda tachar a Coahuila de la lista de riesgos. Eso no aparece en ninguna estadística de exportaciones y es la razón por la que esas exportaciones existen.

El Rodeo Saltillo, que del 15 al 18 de octubre inaugura la primera etapa de Expo Coahuila, tampoco es una feria. Es un ingreso que no depende de un arancel. El año pasado dejó una derrama superior a 55 millones de pesos con ocupación hotelera de hasta 95%, y el gobernador ha planteado que, consolidado, podría generar en 2 semanas lo que hoy producen los hoteles y restaurantes de todo el estado en 3 o 4 meses. Puede sonar optimista, pero el punto de fondo es correcto y poco entendido: el turismo es la única actividad que le cobra al extranjero sin exportar nada y sin pedirle permiso a una aduana.

Y falta la pieza de escala real, la que sí puede mover el porcentaje con el que abrí esta columna. Las cuencas de Sabinas-Burro-Picacho y Burgos concentran un potencial estimado de 120.8 billones de pies cúbicos de gas no convencional. El proyecto piloto arrancaría con unos 70 pozos, hay al menos 4 empresas texanas interesadas, el régimen fiscal especial contempla un derecho de extracción de 12% —menos de la mitad del 30% petrolero— y las estimaciones hablan de más de 50 mil empleos en 10 años, un impacto comparable al que tuvo históricamente la siderurgia en la región centro. Dicho sin rodeos: el gas es la única apuesta en la mesa capaz de darle a Coahuila una segunda columna económica del tamaño de la primera.

Conviene decirlo con todas sus implicaciones, porque un gas que se extrae con fracturación hidráulica en una entidad con estrés hídrico no es una decisión que se tome solamente con una calculadora. Exige reglas de agua verificables, trazabilidad, consulta a las comunidades y una autoridad ambiental con dientes. Pero eso es precisamente lo que debería discutirse ahora, antes del primer pozo, y no después del primer conflicto. Coahuila ya sabe lo que cuesta montar una economía completa sobre una industria sin reglas; esa factura la sigue pagando Monclova.

Porque ahí está el paralelo que ningún coahuilense debería olvidar. Monclova dependió de una sola chimenea y se quedó sin ciudad cuando esa chimenea se apagó. Nadie vio venir el final porque, mientras funcionaba, los números eran magníficos. Hoy Coahuila depende de un solo sector exportador y los números también son magníficos. La diferencia entre las dos historias no la va a decidir cuánto exportamos el año que entra, sino cuántas fuentes distintas de ingreso alcancemos a construir antes del próximo golpe que venga de fuera. Y va a venir, porque siempre viene.

De modo que la seguridad, el turismo y el gas no son logros que presumir en un informe: son seguros que estamos contratando a tiempo. Ése es el mérito real de esta política pública y el que menos se le reconoce, porque los seguros solamente se agradecen el día del accidente. Cien punto tres es una gran cifra. También es la razón por la que no podemos quedarnos quietos.

Lo que no se lee, se paga. Nos leemos la próxima semana.

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Por Liz Salas