Hace tres años y medio una helada muy severa afectó casi el cuarenta por ciento de la flora de la ciudad de Torreón, Coahuila, porque no respetamos las condiciones que la naturaleza nos proveyó. Plantamos árboles no propios de la región o no aclimatados a zonas semidesérticas. Esa ciudad tiene un nivel de precipitación pluvial promedio anual de 200 milímetros y cae en forma por demás errática.
Por fortuna, ahora la flora lagunera ha empezado a cambiar y en los camellones o afuera de las casas se empiezan a apreciar árboles nativos de la región. Esta actitud nos permite apuntar que se está reconociendo que  la comarca lagunera es una región de escasa lluvia y de clima seco. Esto me hace reflexionar en la necesidad de aprender a apreciar nuestro semidesierto que se extiende en diferentes regiones de Coahuila.
Cuando era niño viajaba con mi papá en un camión cargado de mineral. El tránsito era sobre caminos rodados y por brechas, era muy lento y esto me sirvió para  aprender a apreciar el desierto. A poca velocidad en esos caminos, la única forma de entretenimiento era matar el tiempo con la mirada, pues no había teléfonos celulares, ni aparatos digitales con juegos. Así aprendí a contemplar un cultivo natural de lechuguillas, en las que en veces contemplaba cientos de garrochas recién expulsadas de la planta, con su hermosa floración. En otras épocas solo podía mirar las garrochas, ya secas, era una especie de cuadro de naturaleza muerta. Y en otros momentos, solo aparecían frente a mis ojos esas plantas de color verde seco, de hojas puntiagudas que terminan en una espina cónica. Cuando entra en la piel, provoca un dolor muy intenso, y es muy difícil de extraerla, ya que “camina” hacia el interior.
Muchos amigos me han comentado que al recorrer los caminos y carreteras de nuestras regiones, casi nunca aprecian todas estas plantas xerófitas. No se toman su tiempo para apreciar las sorpresas y bondades de nuestras tierras semidesérticas. Han pasado por esos paisajes y no los ven, pasan como si no existieran. Si no aprendemos a observar nuestra naturaleza, ¿cómo podremos contemplar una pintura, u otra obra de arte? ¿cómo aprender a percibir los gestos de amistad y de solidaridad de nuestros semejantes?
Cuando tienes frente a ti un tramo de carretera largo y un paisaje semidesértico al alcance de la mirada, ¿no se antoja llegar a él, para apreciarlo en su justo esplendor? Hay que aceptar como dice Juan Villoro: “El corazón tiene derecho a una sorpresa”[1]. En un paraje semidesértico hay que saber apreciar todos los cambios del cielo y sus transformaciones.
También es menester detenerse a escuchar los sonidos del semidesierto. Los que nos proporciona el viento al paso de las plantas. El que emiten los animales. Estos sonidos acompañan, nunca interrumpen. Los murmullos no paran, se expresan en diferentes tonos. Todo ello permite sumergirnos en esos paisajes. Descubrirlos en cada vuelco de vista. Apreciar las cadencias y los giros de las ramas, de las hojas y de las inflorescencias de las diferentes plantas. Nunca terminan de fluir otros detalles, pizcas de imágenes y nuevos espejismos: se abren camino hacia el corazón.
El semidesierto nos hace sentir, nos provoca emociones, sobresaltos, con sus sorpresas y su fascinación. Cuando aprendemos a usar nuestros ojos para enfocar el mundo que nos ciñe, nos volvemos más humanos. A pesar de mirar y mirar el semidesierto, no se logra descifrar todo lo que encierra. Nunca termina uno de asombrarse. Por ejemplo, en una tarde de lluvia, el esplendor de los relámpagos, se difumina en los contornos de cada planta, como si encendiera las partículas de luz que se desplazan sobre ellos.
El semidesierto de nuestro estado nos invita a contemplarlo en toda su dimensión, –tengo amigos que conocen el desierto de Egipto, y no se han dado tiempo de admirar el nuestro–.  Nuestra tierra nos espera para  desmenuzar todo lo que guarda y destejer sus formas que se entrelazan entre la vegetación xerófita. Nos invita a no pestañear en los sitios donde se funden en su inmensidad la tierra y el cielo, los cerros y las nubes. La belleza del desierto a veces se antoja insostenible. Estos escenarios hay que apreciarlos en su justa dimensión, porque la magia es un bien en extinción.
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