Por Rodrigo Hernández Román
Treinta y dos años. Ése es el dato que hay que poner primero, antes de cualquier interpretación, porque explica el tamaño de lo que ocurrió el martes. Por primera vez en 32 años los demócratas ganaron cargos estatales en Texas: Gina Hinojosa se llevó la gubernatura y James Talarico derrotó a Ken Paxton en la contienda por el Senado, una derrota que Paxton ya reconoció. En el plano federal, los demócratas recuperaron las 2 cámaras del Congreso, con proyecciones que los colocan entre 228 y 232 escaños en la Cámara de Representantes y entre 51 y 54 en el Senado, aunque los conteos siguen abiertos. Para Coahuila, la noticia relevante no es la de Washington. Es la de Austin.
Midamos por qué. Texas no es para este estado un vecino simpático ni un socio comercial más: es el destino y el origen de la mayor parte de nuestra relación económica con el exterior, el mercado que compra lo que producimos y la puerta por la que pasa todo lo que exportamos. Coahuila negocia con Texas de manera directa, estado con estado, en materia de energía, de infraestructura, de seguridad fronteriza y de atracción de inversión. Cuando Texas cambia de gobierno, a nosotros nos cambia el interlocutor. Y acaba de cambiar por completo, después de 3 décadas de una sola orientación política.
El martes pasado escribí, antes de que se contaran los votos, que el acierto estratégico más consecuente de esta administración estatal había sido construir la relación con Texas de Estado a Estado y no de partido a partido, y que, por eso, gane quien gane, el interlocutor cambiaría de nombre, pero el expediente seguiría abierto. Toca sostener lo escrito y ponerlo a prueba, porque esa tesis entra a examen a partir de esta semana y hay que examinarla con honestidad, incluidas sus grietas.
Empiezo por lo que sí protege el diseño. La gira de septiembre a Austin no terminó en una foto con un gobernador ni en un acuerdo entre partidos: terminó en un plan conjunto de atracción de empresas de energía pactado con la administración texana de desarrollo económico, que es una dependencia del gobierno de Texas y no una estructura partidista. Eso significa que el documento, los compromisos y el marco de cooperación sobreviven al cambio de administración. Un estado que hubiera amarrado todo a la relación personal con Greg Abbott estaría hoy empezando de cero. Coahuila no empieza de cero: empieza de donde se quedó.
Ahora la grieta, que es la parte que ninguna celebración menciona. El diseño institucional protege el canal, no protege a las personas. Y en la práctica, los acuerdos los operan personas. La titular ejecutiva de desarrollo económico con la que se cerró el acuerdo de septiembre, Adriana Cruz, fue nombrada por una administración que está saliendo, y una gobernadora entrante nombra a su propio equipo. De modo que Coahuila conserva el expediente y pierde los teléfonos. El marco está firmado, pero la confianza —que es lo que de verdad hace que una llamada se conteste el mismo día— hay que volver a construirla desde el principio.
Y hay un dato de calendario que me parece el más importante de esta columna: esa reconstrucción no tiene 3 años de plazo. Tiene 90 días. La ventana de una transición es el único momento en que un equipo entrante escucha a todo el mundo, porque todavía está aprendiendo el expediente y necesita aliados. Pasada la toma de posesión, la agenda se cierra y entrar cuesta el triple. Coahuila debería estar buscando al equipo de Hinojosa esta misma semana, no en marzo.
Pasemos a lo que gana el estado con este resultado, que es real y hay que decirlo. Una gobernadora demócrata en Texas y un Congreso demócrata en Washington modifican el tono de la conversación fronteriza, que durante años ha sido el principal irritante de la relación. Es razonable esperar un discurso migratorio menos agresivo, mayor disposición a tratar los asuntos de agua del Río Bravo como un problema técnico en lugar de una palanca de presión, y más apertura a la cooperación energética transfronteriza, que es precisamente el terreno del acuerdo de Austin. Para una región que vive de que la frontera funcione, eso no es un detalle de política exterior: es clima de negocios.
Pero ahora lo que nadie va a escribir, y que a Coahuila le debería quitar el sueño más que cualquier otra cosa. Los demócratas son históricamente más duros que los republicanos en el condicionamiento laboral del comercio. No más duros con México por hostilidad, sino por doctrina: su base sindical exige que los tratados comerciales garanticen estándares laborales equiparables, porque de lo contrario consideran que la manufactura mexicana compite con salarios y no con productividad. Recordemos de dónde salió la propuesta de un arancel del 10% a México y Canadá por trabajo forzoso que apareció este año: de ese carril, no del otro. Un Congreso demócrata puede endurecer la revisión del T-MEC en materia de derechos laborales y verificación sindical, y el estado que más tiene que perder en ese escenario es precisamente el primer lugar nacional en exportación de equipo de transporte.
De modo que la lectura correcta no es ni celebración ni lamento. Es ésta: a Coahuila probablemente le mejora el ambiente y le empeora el expediente. Mejora el trato, el tono y la disposición al diálogo; se complica la parte técnica de la negociación comercial, que es la que paga la nómina. Quien lea este resultado como una buena noticia a secas se va a llevar una sorpresa en la primera mesa de revisión laboral, y quien lo lea como una catástrofe no entendió que durante 3 años el principal obstáculo de la relación fronteriza fue el tono.
Propongo entonces 4 cosas concretas, y las 4 caben en los próximos 90 días. Primera: buscar al equipo de transición de Hinojosa antes del 1 de diciembre y reconfirmar por escrito el acuerdo de septiembre, de modo que el nuevo gobierno lo herede como compromiso vigente y no como pendiente opcional. Segunda: llegar a esa mesa con lo que ya tenemos y no con lo que pensamos pedir: 3 de las 5 ciudades más seguras del país, 15 años de continuidad en política de seguridad, mano de obra calificada por generaciones y una ubicación que nadie nos puede quitar. Tercera: anticipar el frente laboral en lugar de esperarlo, con un diagnóstico propio de las plantas coahuilenses frente a los estándares que previsiblemente se van a exigir; es mucho más barato llegar con la casa revisada que con la casa auditada. Y cuarta: aprovechar que del otro lado de la línea habrá por primera vez en 3 décadas una administración con incentivos para tratar el agua del Río Bravo como un asunto de cooperación, porque la sequía nos pega a los 2 lados y el margen para resolverla técnicamente nunca ha sido mayor.
Hay algo más que me parece digno de señalarse, y toca la discusión interna de Coahuila. Este resultado le da la razón a una manera de gobernar que en México no es la costumbre. Lo habitual en nuestros estados es que las relaciones exteriores dependan de la química personal del gobernante, de modo que cada sexenio se empieza otra vez. Construir una relación con una dependencia, con un documento y con un marco de cooperación es más lento, menos vistoso y no da fotos memorables, pero es lo único que sobrevive a una elección. El martes esa diferencia se volvió medible, y la clase política de este estado debería registrarla: lo que se institucionaliza se hereda, y lo que se personaliza se pierde.
Cierro con la advertencia de que se desprende de todo lo anterior. Coahuila apostó a las instituciones en lugar de apostar a las personas, y la apuesta era correcta. Pero las instituciones abren la puerta; quien entra por ella sigue siendo gente. El expediente de Austin está a salvo y eso ya es más de lo que puede decir la mayoría de los estados mexicanos hoy. Lo que falta es lo más difícil y lo menos glamoroso: volver a tocar, volver a presentarse y volver a construir una confianza que esta vez no hereda ningún apellido. Los próximos 90 días van a decir si el diseño era inteligente o solamente afortunado.
Lo que no se lee, se paga. Nos leemos la próxima semana.
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