Por Sergio Soto Azúa

Hoy no escribo de política. Hoy escribo de algo más delicado, más cotidiano y, paradójicamente, más ignorado. Hoy escribo de salud. De esa que se vive en silencio, que se padece sin nombre y que muchas veces se normaliza hasta que el cuerpo ya no puede más.

En México hay millones de personas que viven mal sin saber por qué. No hablo de enfermedades raras ni de diagnósticos imposibles. Hablo de cansancio constante, de inflamación persistente, de infecciones repetidas, de dolores que van y vienen, de niños que siempre están enfermos. Hablo de hogares enteros acostumbrados a pensar que “así es la vida”.

Y no. No siempre lo es.

El gluten —una proteína presente en trigo, cebada y centeno— es parte del problema. No el único, pero sí uno de los más invisibles. Está en el pan, la pasta, las galletas, los cereales, las papillas infantiles, los productos “para niños”, y en una enorme cantidad de alimentos procesados que consumimos todos los días sin cuestionarlos.

Hay personas con enfermedad celíaca, una condición seria y diagnosticable. Pero hay muchas más con sensibilidad o intolerancia al gluten que no aparece en análisis básicos, que no se detecta fácilmente y que, por lo mismo, se ignora. Estudios internacionales estiman que entre 6 y 10% de la población tiene algún grado de sensibilidad. En México, eso significa millones de cuerpos inflamados sin diagnóstico.

El punto que casi nadie toca —y que más importa— es este: hay niños que nacen con intolerancia al gluten. No lo desarrollan por moda, no lo adquieren por malas decisiones. Nacen así. Y sin embargo, desde muy temprano, se les introduce trigo, cereales, galletas, papillas “fortificadas”, productos industriales que cargan gluten como ingrediente base.

¿Qué pasa después? Pasa lo que muchos hogares viven sin entenderlo.

Niños que se enferman seguido. Que viven con diarrea o estreñimiento. Que tienen la panza inflamada de forma permanente. Que presentan alergias, dermatitis, infecciones respiratorias recurrentes. Que duermen mal. Que están irritables. Que no crecen como deberían. Y madres que recorren consultorios con una mezcla de culpa y angustia, escuchando siempre las mismas respuestas: “es normal”, “son defensas bajas”, “es el clima”, “ya se le va a pasar”.

Se cambian fórmulas. Se prueban antibióticos. Se recetan jarabes. Se atacan síntomas. Rara vez se cuestiona la alimentación.

No porque los médicos no sepan, sino porque el gluten no está en el radar cotidiano de la salud pública en México. No se pregunta. No se sugiere. No se prueba. Y mientras tanto, los niños siguen padeciendo algo que no pueden explicar con palabras.

Yo no escribo esto como médico. No lo soy. Lo escribo como alguien que vive con sensibilidad al gluten y que aprendió tarde a escuchar su cuerpo. Y cuando uno empieza a entender lo que le pasa, empieza a notar patrones alrededor. Adultos que viven inflamados desde hace años. Personas disciplinadas que no logran sentirse bien. Niños que siempre están enfermos “sin razón”.

He visto cambios claros cuando se retira el gluten. No milagros. Cambios reales. Menos inflamación. Más energía. Mejor descanso. Mejor ánimo. No porque el gluten sea veneno, sino porque hay cuerpos que no lo toleran.

Uno de esos casos fue el de mi amigo Aaron. Tres meses a dieta estricta. Esfuerzo real. Resultados mínimos. Al retirar el gluten, la diferencia fue evidente: se desinflamó, recuperó energía, empezó a bajar de peso de forma clara. No por magia, sino porque su cuerpo dejó de estar en constante estado de alerta.

Eso mismo puede estar pasando en muchos niños. Solo que ellos no pueden decirlo. No saben explicar malestar, inflamación o cansancio. Solo lloran, se enferman, se irritan. Y nosotros, los adultos, lo normalizamos.

En países como Estados Unidos, este tema se aborda con más información. No perfecto, pero con conciencia. Etiquetas claras. Pasillos específicos en supermercados. Opciones en escuelas. Protocolos. Aquí, en cambio, pedir algo sin gluten todavía se ve como exageración o moda. Y esa percepción tiene un costo real.

Nadie está diciendo que el gluten deba eliminarse en todos los casos. Lo que sí se dice —y se documenta— es que hay personas y niños a quienes les hace daño, y que ignorarlo prolonga el sufrimiento innecesariamente.

Por eso hoy no es política.
Hoy es salud.

Porque la salud empieza en la mesa. En lo que damos por sentado. En lo que repetimos sin cuestionar. Porque ninguna mamá debería sentirse culpable por no saber algo que nadie le explicó. Porque ningún niño debería crecer enfermo por falta de información.

No se trata de alarmar ni de diagnosticar desde un artículo. Se trata de preguntarse. De observar. De considerar que vivir mal no es normal, aunque sea común. De entender que escuchar al cuerpo también es una forma de cuidado.

Tal vez el primer paso no sea cambiarlo todo, sino dejar de asumir que todo está bien. Tal vez sea pedir otra opinión. Tal vez sea probar, con cuidado y acompañamiento, algo distinto.

Hoy no es política.
Hoy es salud.

Y si este texto llega a una sola mamá que empiece a hacerse preguntas, ya valió la pena.

Por Liz Salas