por Sergio Soto Azúa:

Hace siete años cumplí un sueño que me propuse con disciplina y terquedad: conocer las siete nuevas maravillas del mundo. No fue un deseo al aire ni un capricho de turista con suerte. Fue un plan, un objetivo claro que marqué en el mapa y que me obligó a organizar, ahorrar, decidir y renunciar. El Gran Muro de China, Petra en Jordania, el Cristo Redentor en Brasil, Machu Picchu en Perú, Chichén Itzá en México, el Coliseo en Roma y el Taj Mahal en la India. Uno tras otro, hasta completar la lista.

No fue sencillo, pero cada uno dejó una huella distinta. El silencio imponente de Petra, el sol dorando el mármol del Taj Mahal, el vértigo de estar parado en el Gran Muro, el cansancio al subir escalones en Machu Picchu, la mezcla de ciencia y fe en Chichén Itzá, la inmensidad de Cristo abrazando Río, la grandeza y la crueldad en el Coliseo. Cada uno no solo me dio una postal, me dio una pregunta: ¿qué estoy haciendo yo con el tiempo que me toca vivir?

Viajar así no es entretenimiento, es disciplina en acción. Porque para cumplir metas no basta soñarlas. Hay que poner fechas, hacer planes, ahorrar, dejar cosas atrás. Esa es la diferencia entre coleccionar promesas y coleccionar experiencias. Y ahí está también la satisfacción: poder decir “lo hice” y tener en el corazón la memoria de cada paso.

Ahora estoy en la segunda vuelta. Pero esta vez no voy solo: voy con mis hijos, que con apenas 4 y 7 años ya conocen cuatro maravillas del mundo. Y no se trata de presumir millas o fotos. Se trata de sembrarles lo que entendí en ese camino: que los sueños no son para quedarse guardados en una libreta, sino para vivirse. Que el mundo es grande, diverso, complejo, y que aprender a recorrerlo es también aprender a conocerse.

Cada viaje con ellos es una lección compartida. Veo sus ojos al descubrir lo que yo ya vi, y entiendo que el verdadero legado no es haber viajado, sino haberles abierto la puerta a esa experiencia. Ellos tendrán sus propios caminos, pero si entienden que la vida se mide en lo que haces y no en lo que sueñas, habré hecho bien mi tarea.

Y claro, en todo viaje hay detalles prácticos que también son filosofía. Yo tengo un checklist que repito como ritual antes de salir de un hotel, un aeropuerto o cualquier lugar donde pueda olvidar algo: celular, visa, pasaporte y dinero. Lo repito casi cantado. Porque lo demás, si se te olvida, se resuelve. Pero sin esas cuatro cosas no hay viaje. Ese orden tan simple es también una forma de disciplina: no confiar en la memoria, sino en el hábito.

Viajar me enseñó otra cosa: que las maravillas, como las personas, no son perfectas. Todas tienen cicatrices. El Coliseo fue escenario de crueldad, Petra sobrevivió olvidada, el Gran Muro no impidió invasiones, Machu Picchu estuvo perdida siglos. Y aun así, están ahí. Eso me recuerda que en la vida no se necesita perfección para dejar huella, sino constancia.

Hoy entiendo que viajar no es escapar, es encontrarse. No es llenar la memoria del teléfono con fotos, sino llenar la memoria del alma con aprendizajes. No es consumir destinos, es dejar que cada paso te transforme. Y con mis hijos, esa enseñanza tiene un valor doble: no quiero que ellos digan “mi papá me llevó”, quiero que un día digan “mi papá me enseñó a ir.”

Porque al final, viajar no se mide en kilómetros recorridos, sino en conciencia acumulada. En lo que regresas cargando: paciencia, humildad, curiosidad, perspectiva. Y en lo que dejas: la enseñanza de que el mundo no cabe en un cuarto, en una rutina, en una pantalla. El mundo está allá afuera, esperando a que lo descubras con disciplina y con propósito.

Y entonces lo entendí: ya conocí las siete maravillas del mundo. Pero la octava, la más grande, no está hecha de piedra ni de mármol. La octava maravilla del mundo es enseñar a tus hijos a caminarlo.

Por Liz Salas