Por: Fer Ruiz

Aprendimos a ligar sin algoritmos, a encontrar una dirección preguntando, a memorizar teléfonos porque no existía la opción de “llamar a contacto”, a hacer una carrera sin preguntarle a ChatGPT cómo demonios se hacía una conclusión y, sobre todo, a vivir sin la necesidad de documentarlo todo.

Y de pronto llegó internet… Después Facebook. Luego Instagram. Después TikTok. Luego las dating apps. Y cuando apenas habíamos entendido qué demonios era un hashtag, ya había alguien cerca farmeando aura.

Y ahí estamos los que nacimos antes de que internet se convirtiera en una extensión de nuestra personalidad, intentando descubrir cómo demonios se supone que debemos comportarnos en él.

Porque ser generación X, y en cierta medida también millennial, en la era de las redes sociales es caminar permanentemente por una delgada línea entre integrarte y hacer el ridículo:
Porque puedes convertirte en la tía que manda un Piolín con rosas, brillantina y un “¡Buenos días, que Dios bendiga tu día!” a las 6:17 de la mañana.

O puedes ser el señor que todavía cree que decirle a una desconocida “qué guapa estás, con todo respeto” es un cumplido perfectamente normal y no una frase que puede hacer que alguien revise inmediatamente sus opciones de bloqueo.

Puedes intentar hacer un TikTok y terminar protagonizando involuntariamente el video que tus sobrinos van a utilizar para burlarse de ti durante los próximos diez años.

O puedes cometer el pecado social más grave de todos: no tener redes sociales. Porque hoy decir “yo no uso redes sociales” ya no suena necesariamente a independencia.

A veces suena a: “¿Y entonces cómo sabemos que existes?”. Y esa es precisamente la parte extraña… Porque internet dejó de ser un lugar al que entramos y ahora es un lugar en el que existimos. Y esa diferencia lo cambió todo.

Antes podías ser una persona perfectamente interesante, atractiva, inteligente, divertida y hasta misteriosa sin que nadie necesitara una fotografía tuya en alta resolución, una biografía de 150 caracteres y tres fotografías que demostraran que sabes viajar, comer, hacer ejercicio y tener una vida emocionalmente estable.

Hoy, si estás en una dating app, no basta con estar disponible. Tienes que saber venderte, porque hasta una mala fotografía puede hacerte parecer aburrido, desesperado, divorciado, peligroso o ligeramente muerto.

Una descripción mal escrita puede convertir a un hombre interesante en un señor que vive en 1998.

Y una fotografía tomada frente al espejo del baño, con el sanitario detrás, puede destruir en tres segundos cualquier posibilidad de romance.

Y es entonces aparecen los especialistas. Alguien que te toma las fotografías, alguien que te explica cómo vestirte, alguien que te enseña imagen pública, alguien que redacta tu perfil, alguien que te dice qué fotografía poner primero y alguien que te explica que esa foto que tú considerabas “muy natural” en realidad parece tomada durante una detención.

Y quizá lo más absurdo es que funciona, porque ya no se trata únicamente de quién eres sino también importa muchísimo cómo apareces.

Y aquí es donde la generación que creció con un poquito más de vergüenza empieza a tener problemas.

Porque nosotros sí entendimos que no todo tenía que publicarse. Que había cosas que simplemente se vivían. Que si hacías el ridículo, por lo menos no quedaba almacenado para siempre en un servidor. Que una fotografía podía existir solamente en un álbum familiar. Y que nadie necesitaba saber qué estabas comiendo a las 2:43 de la tarde.

Pero las generaciones que crecieron completamente dentro de internet aprendieron otra cosa: que la presencia digital también es identidad, y los demás tuvimos que aprender sobre la marcha.

Por eso aparecen palabras que no existían cuando crecimos y que ahora nos dan Cringe…

Y uno tiene que decidir si las aprende para entender el mundo o si las aprende para no quedarse fuera.

Porque sí, podemos aprenderlas. El problema empieza cuando intentamos utilizarlas como si fueran parte natural de nuestro vocabulario y terminamos convirtiendo cualquier palabra en verbo, cualquier sustantivo en una acción y cualquier estupidez en una tendencia.

Y en esa desesperación por subirnos al trend terminamos siendo el “Ya siéntese, señora” de alguien más…

Porque nosotros sabemos perfectamente que algunas de esas cosas son absurdas, ¡Lo sabemos! Crecimos en una época en la que decir “voy a farmear aura” habría sonado como una enfermedad agrícola.

Pero ahora resulta que tenemos que decidir si decirlo o no para demostrar que seguimos entendiendo el juego.

Y ésa es la batalla.

No es parecer jóvenes, es no hacer el ridículo intentando demostrar que todavía somos cool.

Porque tampoco queremos ser la persona que dice “la chaviza” cada cinco minutos, utiliza una expresión que dejó de estar de moda hace ocho meses o intenta subirse a un trend que ni siquiera entiende.

No queremos mandar Piolines.

Pero tampoco queremos convertirnos en el adulto que usar palabras absurdas e inexistentes para explicar cosas en TikTok.

Y mientras más desesperadamente intentamos demostrar que entendemos las reglas, más evidente se vuelve que estamos intentando demasiado.

Porque quizá el verdadero problema no es que las tendencias cambien cada cinco minutos sino que ahora sentimos que tenemos que alcanzarlas todas.

Y así navegamos: algunos convertidos en la tía de los Piolines, otros en el señor que no entiende que un cumplido puede convertirse en acoso, otros publicando absolutamente todo, pero de la manera equivocada, y otros intentando descubrir qué demonios significa aesthetic.

Todos intentando resolver la misma pregunta:

¿Quién soy yo en internet?

Porque quizá ése sea el verdadero problema de esta época: hemos construido versiones digitales de nosotros mismos que, en algunos casos, terminan teniendo más presencia que la persona que existe detrás de la pantalla.

Y entonces lo importante deja de ser cómo utilizar Instagram, TikTok o una dating app… Lo verdaderamente relevante es, ¿Quién eres cuando nadie te está viendo?

Y quizá eso es justamente lo que nuestra generación todavía está intentando recordar mientras aprende a hacer reels, entender algoritmos, escoger fotografías para una dating app y descubrir qué demonios significa “servir” en 2026.

No nacimos dentro de internet, pero tampoco podemos vivir fuera de él, ¡Estamos en medio!Aprendiendo a existir en un lugar que otros ya aprendieron a habitar, y quizá no nos hemos dado cuenta que nuestra verdadera especialidad sea navegar el mundo digital sin perder por completo el mundo que nos enseñó quiénes éramos antes de que existiera un algoritmo para decírnoslo.

Por Liz Salas