Por: Fer Ruiz

Hasta que comencé a escribir este artículo no entendía por qué me irritaba tanto cierto tipo de publicaciones en redes sociales, y sobre todo que casi siempre provenían de las mismas personas.

Personas que constantemente publican que están tristes, que están cansadas, que nadie las entiende, que todo les sale mal, que la vida está en su contra o que los demás las traicionan. Siempre desde la víctima. Siempre desde la negatividad.

Y entonces entendí algo.

No me molestaba que expresaran sus sentimientos. Me llamaba la atención el mensaje que estaban construyendo sobre quiénes eran como personas.

Porque, aunque no lo supieran, estaban comunicando algo. Y lo estaban comunicando todos los días: una personalidad negativa, conflictiva, victimizada o derrotada.

Y fue entonces cuando comprendí una de las lecciones más importantes que he aprendido sobre imagen pública:

Todo comunica.

Comunican nuestras palabras, pero también nuestros silencios. Comunica la forma en que nos presentamos al mundo y la manera en que hablamos de nosotros mismos. Comunican nuestra puntualidad, nuestros hábitos, nuestro entorno, nuestras redes sociales, la presencia y hasta la ausencia.

La imagen pública tiene mucho menos que ver con la simple apariencia y mucho más con los mensajes que enviamos de manera constante.

Porque las personas no reaccionan a todo lo que somos. Reaccionan a la parte de nosotros que les mostramos una y otra vez.

Y eso me llevó a recordar el momento en el que me di cuenta de que mis años de disciplina y esfuerzo cuidando mi físico se volvieron algo real y tangible que hablaba de quién era yo.

Hubo un momento en el que dejé de mencionar que entrenaba. Dejé de hablar de dietas, cardio y procesos de acondicionamiento físico. Ya no era necesario porque la conversación cambió.

Las personas dejaron de preguntarme si hacía ejercicio y comenzaron a preguntarme desde cuándo entrenaba, cómo entrenaba o qué hacía para mantener esa condición física.

Y fue ahí cuando entendí algo que me había tomado años aprender.

Mi cuerpo estaba comunicando algo antes incluso de que yo lo dijera.

Mi postura, la forma en que me movía, la seguridad con la que ocupaba un espacio y los hábitos que habían construido esa versión de mí estaban enviando un mensaje antes de que yo pronunciara una sola palabra.

Y entendí que siempre estamos enviando un mensaje. Siempre. Incluso cuando creemos que no estamos diciendo absolutamente nada.

Porque las personas que me observaban no veían únicamente una condición física. Veían disciplina, constancia, sacrificio y hábitos repetidos durante años. Veían evidencia. EVIDENCIA.

Y descubrí que esa misma lógica se aplica prácticamente a todo.

Si eres puntual, ordenado y alguien que cumple su palabra, eso comunica. Si vives rodeado de conflictos, eso también comunica. Incluso las personas de las que nos rodeamos comunican.

Antes creía que mis relaciones personales eran un asunto exclusivamente mío, hasta que entendí que también forman parte de mi carta de presentación. No porque debamos vivir tratando de impresionar a otros, sino porque es natural que las personas construyan conclusiones a partir de lo que observan.

Si constantemente te rodeas de personas disciplinadas, comprometidas y enfocadas, los demás asumirán que compartes al menos una parte de esos valores. Si constantemente te rodeas de personas conflictivas, irresponsables o desleales, también asumirán que existe algo en común entre ustedes. No siempre será justo, pero así funciona la percepción humana.

Y eso me hizo comprender por qué hay personas que llaman la atención al entrar en una habitación sin decir una sola palabra. No necesariamente por belleza o atractivo físico, sino por presencia, postura, mirada, autocuidado, seguridad, por la manera en que ocupan el espacio que habitan y por la congruencia entre lo que son y lo que proyectan.

Porque el verdadero poder rara vez necesita explicarse o defenderse. Termina siendo evidente.

Y quizá esa sea la razón por la que la imagen pública es mucho más importante de lo que solemos admitir.

Porque no se trata de aparentar. No se trata de fingir. No se trata de construir una versión falsa de nosotros mismos.

Se trata de entender que todos los días estamos enviando señales sobre quiénes somos. Y esas señales terminan construyendo nuestra reputación.

Por eso, después de este capítulo, hay una idea que me queda completamente clara:

Las palabras presentan una idea.

Los hábitos presentan una prueba.

Y al final, las personas siempre terminan creyendo aquello que se va convirtiendo en la evidencia de quiénes somos.

Por Liz Salas