Por: Fer Ruiz

Lo que mi cuerpo dijo antes que yo

Hay momentos que resumen años enteros de tu vida en segundos.

A veces no ocurren en grandes escenarios. No hay música dramática, discursos ni lágrimas frente al espejo. A veces solo entras a una habitación.

Y eso fue exactamente lo que me pasó.

Después de mucho tiempo volví a coincidir con personas que conocieron una de las etapas más difíciles de mi vida. Personas que me vieron dentro de una relación complicada, desgastante, violenta emocionalmente. Personas frente a las que, tiempo después, juré que ya había reconstruido mi vida por completo.

Y en teoría así era.

Había disciplina, trabajo, proyectos, físico y una imagen mucho más fuerte que antes.

Pero bastó entrar a esa habitación para entender algo incómodo: todavía había partes de mí que no estaban completamente libres.

Lo más fuerte es que nadie tuvo que decirme nada.

Porque el cuerpo habla antes que la voz.

La postura cambia. La energía cambia. La mirada cambia. Incluso la manera en la que ocupas espacio cambia.

Y entendí algo que probablemente nadie quiere aceptar cuando empieza a construir una nueva versión de sí mismo: la imagen no se sostiene sola.

Puedes vestirte como una mujer poderosa, hablar como una mujer poderosa y publicar frases de poder. Pero si internamente todavía sigues negociando con cosas que te rompen, el cuerpo eventualmente lo revela.

Y no porque las personas sean crueles. Simplemente porque la incongruencia se siente.

Ese día entendí que la imagen pública no tiene tanto que ver con aparentar. Tiene que ver con alinearte. Con que lo que dices, haces, permites y proyectas empiece a contar la misma historia.

Y creo que ahí fue donde dejé de ver el amor propio como simple aceptación incondicional.

Porque no, no creo que amarte sea quedarte exactamente igual esperando que el mundo te valide.

Creo que el verdadero amor propio también se parece a corregirte. A elevar estándares. A poner límites. A cuidar tu cuerpo, tu presencia y tu estabilidad emocional. A convertirte poco a poco en alguien capaz de cargar la vida que dice querer.

Porque sí, el mundo responde a cómo nos percibe.

Y quien diga que no le importa cómo lo ve el mundo probablemente tampoco ha entendido que parte del crecimiento consiste justamente en construir conscientemente quién eres.

No para fingir.
No para impresionar.

Sino para que, un día, cuando vuelvas a entrar a esa habitación… ya no exista ninguna parte de ti pidiendo esconderse.

Y quizás eso fue lo que empezó a cambiarlo todo.

Porque después entendí que la imagen no empieza en la ropa, ni en las redes, ni en la manera en la que sonríes frente a una cámara.

Empieza mucho antes.

Empieza en las conversaciones que toleras, en cómo te hablas cuando nadie te ve y en lo que haces cuando se rompe la versión de ti que intentabas sostener.

Y honestamente, todavía sigo entendiendo muchas cosas.

Pero si algo descubrí aquella noche, es que reconstruirte de verdad requiere mucho más que verte fuerte.

Y supongo que justamente de eso va todo este proceso.

Por Liz Salas