Por Manuel Zogbi
Alguna vez escuché el dicho de que no se deben poner los huevos en una sola canasta, sino en diferentes canastas. Esa expresión solía venir de inversionistas y gente de negocios. Con el tiempo aprendí a aplicarla en otros ámbitos de la vida, sobre todo en las relaciones: familiares, de amistad y de pareja.
Roberto y yo compartimos el gusto por el karaoke. Llega el jueves y, a media tarde, con un simple “¿qué onda, compadre?”, ya sabemos que será noche de cantar y beber. Es una costumbre casi de ritual.
Un jueves me salió un toquín de jazz. Y como siempre terminábamos en el karaoke, y además coincidía que era jueves, pareció buena idea proponer algo diferente.
¡Vamos a un toquín de jazz, se va a poner bueno!. Al final, era jueves de todos modos. ¿Qué más daba cambiar el karaoke por jazz por una vez? La oferta fue rechazada. Él quería ir al karaoke. Siempre hacemos lo mismo, hay que probar cosas diferentes. La respuesta no cambió. Así que ese día me fui solo al jazz. En el camino empezaron a aparecer pensamientos incómodos: ¿por qué cuando sus planes son karaoke siempre hay disposición, y cuando se propone algo distinto no hay reciprocidad? Seguramente muchos conocen a alguien así: el amigo que nunca se suma a los planes ajenos, pero al que uno sí acompaña en los suyos. Visto desde ese ángulo, parece una amistad desigual. Pasó una semana. Jueves otra vez. El celular vibró con el mensaje que llega sin falta: “¿Qué onda, compadre?” Por un momento volvió a la mente lo de la semana anterior. Surgió la tentación de responder con un simple “hoy no puedo”. Si no hubo disposición para acompañar al jazz, ¿por qué ahora sí ir al karaoke? Y fue en ese momento cuando apareció la frase: pon los huevos en diferentes canastas. ¿Por qué cargarle a una sola persona todos los gustos, todas las necesidades, todas las expectativas? El karaoke gusta, claro, y se comparte con ciertos amigos. Pero a esos amigos no les gusta el jazz, y a muchos de los que disfrutan el jazz no les gusta el karaoke. Pretender que una sola persona cubra todas las áreas termina siendo una receta segura para la frustración.
César, un amigo al que le gusta la filosofía y que a mí también me gusta, acompañada a veces de un café o un mezcal, comentó algo muy revelador: a su esposa no le interesa la filosofía. En ese aspecto no son compatibles. Sin embargo, ella entiende que él necesita ese espacio, lo respeta y hasta lo motiva a tenerlo. Eso no los hace una mala pareja ni una pareja disfuncional. Al contrario: comprenden que cada uno tiene necesidades distintas y que pueden apoyarse mutuamente para desarrollarlas, aunque no participen directamente en todas. Muchas veces se espera que la pareja, el esposo o la novia sea compatible en absolutamente todo. Y no siempre ocurre. No a todas las parejas les interesa la filosofía, así como no a todas les interesan los videojuegos, el deporte, las herramientas o el tuneo de un auto. Del mismo modo, hay intereses que emocionan a unas personas y dejan completamente indiferentes a otras: el diseño de uñas, el corte de pelo, el tinte, la moda.
Eso no vuelve incompatible a nadie; solo muestra que los gustos no son idénticos.
Ahora bien, también es cierto que muchas veces se recibe una invitación a cosas que no llaman la atención: senderismo, ir a misa, un concierto de Peso Pluma. Y aunque no entusiasmen, cuando la persona que invita es alguien importante, vale la pena hacer el intento. Decir: “déjame probar algo nuevo”. Tal vez guste. Y si después de probar no es lo propio, también es válido dejar que el otro lo desarrolle sin culpa ni reproche.
Con los hijos pasa algo parecido. Hay actividades que no emocionan tanto: ir a un lugar de hamburguesas solo para que jueguen en el área infantil, asistir a festivales de primaria, sentarse a verlos enfrentarse a un escenario. No siempre es emocionante, pero se disfruta verlos disfrutar. Saber que para ellos es importante encontrar a su padre o madre entre el público. O acompañar a una hija adolescente a ver a su cantante favorito, no porque guste esa música, sino por estar ahí, por cuidarla, por compartir su alegría aunque no sea la propia.
Ceder a veces y salir de la zona de confort por alguien que importa es parte del vínculo. Hay momentos en los que se está comprometido a acompañar. Y también hay otros en los que, después de haber probado, se puede decir: “lo intenté, no me gustó, pero eso no me hace menos amigo ni menos pareja”.
Ahí vuelve a aparecer la idea de las canastas. Si a la pareja no le interesa cierto tema, lo sano es buscar con quién sí compartirlo. No como huida, sino como complemento. Con el tiempo se aprende a construir círculos distintos: amigos del karaoke, amigos para filosofar, amigos para videojuegos, amigos para café, para carne asada, amistades financieras, compañeros de trabajo. Y cuando surge la necesidad de desahogarse por cosas personales, aunque los amigos puedan escuchar, no siempre es justo cargarles todo. Ellos también tienen sus propias batallas. Por eso también existen los profesionales: psicólogos, psiquiatras, pastores, sacerdotes, chamanes. A veces, en lugar de ir por una cerveza a contar penas, es más sano ir con alguien capacitado para escuchar, entender y orientar. Se contrata el servicio, se trabaja el problema y se avanza. Eso no significa que los amigos no cuenten ni que no se pueda hablar con ellos de cosas personales. Claro que son apoyo, así como uno puede serlo para ellos. Pero no todo debe recaer en las mismas personas ni en los mismos vínculos.
Al final, poner los huevos en diferentes canastas no es dispersarse sin sentido; es entender que ninguna relación tiene que cargar con todo. Que una amistad no tiene que cumplir todas las funciones. Que una pareja no tiene que satisfacer cada interés. Que cada espacio puede tener su propio lugar sin competir con los demás. Hoy queda más claro que existen conocidos, amistades, amigos y hermanos. Cada uno en su sitio. Cada uno con su función. Y cuando se deja de exigirle a una sola canasta que sostenga todos los huevos, las relaciones se vuelven más ligeras, más honestas y, curiosamente, más duraderas.






