Por Sergio Soto Azúa

En política hay una regla no escrita que se repite en todos los niveles del poder: cuando el liderazgo recibe ataques, el partido responde. No siempre para ganar discusiones, no siempre con elegancia, pero responde. La defensa partidista no busca aplausos; busca cerrar filas. Cuando no aparece, el vacío no se interpreta como prudencia. Se lee como desorden.

Durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador, cada embate relevante encontraba reacción casi inmediata desde Morena. El primer escudo era Mario Delgado, entonces presidente nacional del partido y hoy secretario de Educación Pública. El mensaje era claro: el gobierno gobierna; el partido defiende. Esa separación de roles ordenaba la conversación pública incluso en los momentos más ásperos.

Ese mismo patrón se observa hoy con Claudia Sheinbaum. Ante errores, crisis o confrontaciones, la primera voz que emerge es la de Luisa María Alcalde, presidenta nacional de Morena. A partir de ahí, el aparato se alinea. No son secretarios ni funcionarios quienes encabezan la defensa política; es el partido. Así operan las organizaciones que entienden el poder como estructura, no como impulso individual.

Con ese antecedente, la pregunta en Coahuila es inevitable: ¿y dónde está el partido?

El gobernador Manolo Jiménez ha recibido embates constantes y coordinados. No son ataques aislados ni ocurrencias espontáneas. Provienen de un bloque que, con diferencias internas, ha aprendido a actuar como grupo: el Partido del Trabajo y Morena, con figuras visibles y otras que prefieren operar en segundo plano. Ricardo Mejía Berdeja, Tania y Antonio Flores, Jacobo Rodríguez, Paloma de los Santos, Luis Fernando Salazar, Antonio Atolini y la dirigencia estatal morenista empujan en la misma dirección. No siempre con el mismo discurso, pero sí con el mismo objetivo.

Frente a eso, la respuesta del PRI ha sido el silencio. Una estrategia que puede parecer sensata en el corto plazo, pero que tiene costos. Porque en política, el silencio también comunica. Y cuando nadie defiende, el adversario no gana el debate: se apropia del vacío.

Conviene hacer una distinción fundamental. No se trata de que funcionarios públicos salgan a confrontar. Eso no les corresponde. Se trata de que el partido cumpla su función: ordenar la narrativa, marcar límites y evitar que el ataque se convierta en versión dominante.

Esto no es una expectativa romántica. En Coahuila ya ocurrió. En 2016, ante señalamientos y presión mediática hacia Humberto Moreira Valdez, la dirigencia estatal del PRI, encabezada entonces por Verónica Martínez García, salió a fijar postura pública y a contextualizar los hechos. Fue un gesto claro de defensa partidista. No se trata de reivindicar personas ni decisiones del pasado; se trata de constatar algo simple: el partido sabía reaccionar. Ese reflejo existió. Por eso el silencio actual no parece estrategia; parece regresión.

¿Por qué no ocurre hoy? La respuesta no es ideológica; es estratégica. Las aspiraciones pesan.

Siempre hay quienes quieren ser. Quienes calculan el siguiente paso, el siguiente cargo, el siguiente sexenio. Y cuando todos están calculando, nadie arriesga. Ese cálculo permanente paraliza al partido y deja al liderazgo expuesto. No por debilidad del gobernador, sino por ausencia de estructura partidista activa.

Aquí aparece una consecuencia que suele pasarse por alto: el silencio rompe la cadena de mando simbólica. Cuando el partido no defiende, los cuadros medios no saben a quién obedecer; las bases no saben a quién seguir; los aspirantes empiezan a creer que el liderazgo es negociable. El gobernador deja de ser eje y pasa a ser uno más en la conversación interna. Ese desgaste no viene de la oposición; nace dentro.

Hay otro efecto menos visible y más profundo: el PRI no solo guarda silencio; pierde entrenamiento. No prueba voceros, no mide lealtades, no ensaya defensas. Enfrente, Morena y el PT no solo atacan; ensayan gobierno. Miden quién habla, quién resiste, quién aguanta presión. El ataque funciona como simulacro. El silencio, como renuncia.

En ese tablero hay nombres que representan posibilidades, no señalamientos. Jericó Abramo Masso ha construido durante varios sexenios una aspiración clara. Una presidencia partidista fuerte en el estado es, para cualquiera con visión, una plataforma real. Defender en el momento correcto no desgasta: posiciona.

El equipo de Javier Díaz también tiene margen. El alcalde de Saltillo no puede abandonar su cargo —es su trampolín natural—, pero eso no impide que alguien de su círculo asuma la tarea partidista. En política, muchas veces habla quien entiende el tiempo, no quien ocupa el puesto más visible.

En Torreón, Román Alberto Cepeda tiene capacidad de operación local. No necesita confrontación directa. Basta con que el PRI municipal envíe señales claras de respaldo. Eso también construye capital político.

Y Monclova es otro caso singular: poder territorial, partido y bases. Desde ahí podría articularse una defensa sin desgaste personal, pero con impacto real.

Hay una excepción evidente: el fiscal Federico Fernández. Por la naturaleza de su encargo, su silencio sí tiene justificación. Cualquier movimiento suyo sería malinterpretado. Su cautela es institucional. La de los demás, no necesariamente.

Sería injusto afirmar que no ha existido ninguna defensa. La ha habido, pero reactiva, siempre como respuesta, nunca como iniciativa. El discurso oficial ha contenido y resistido. Lo que no ha hecho es marcar la agenda. Y en política, quien solo responde termina jugando en el terreno del adversario.

Ahí está la verdadera debilidad. No en los ataques recibidos, sino en no convertirlos en oportunidad. Porque la política no se gana solo resistiendo; se gana imponiendo ritmo. Y el ritmo hoy no lo está marcando el partido en el poder.

La disciplina institucional del PRI ha evitado errores, pero también ha inhibido iniciativa. El cálculo ha contenido daños, pero no ha generado avance. Y un partido que no defiende hoy no puede exigir disciplina mañana.

La analogía es inevitable. En un clásico entre Rayados y Tigres, el partido no se juega solo en la cancha. Se juega también en la tribuna. Las porras no se conocen entre sí, pero se defienden por la camiseta. Es porra contra porra. Equipo contra equipo.

En Coahuila hoy, un bando defiende su playera. El otro espera el golpe para contestar.

Y en política, los partidos que se resignan a reaccionar no pierden por falta de talento.
Pierden por renunciar a conducir.

Por Liz Salas