Por Manuel Zogbi

Mi padre fue el arquetipo de la dureza. No fue cariñoso. No fue de abrazos ni palabras suaves. Hoy, siendo padre, solo ahora entiendo la carga invisible que arrastran. Si algo se rompía, él lo reparaba. Siempre pragmático, siempre veloz. No sobraba nada, pero jamás faltó lo vital. Esa fue su forma de amor: una disciplina férrea que me permitió sobrevivir una carrera que te roba hasta el último aliento.

Durante décadas, mi mente se atrincheró tras la imagen del padre duro, el distante. Con mi hijo en brazos, la ira se disuelve y veo lo que antes me negué a reconocer. No fue perfecto, pero su presencia fue una constante, a su modo.

Y creo que hasta ahora… es cuando lo he perdonado.

Allí interrumpí a mi amigo doctor mientras bebíamos cerveza y mezcal en una taberna llamada El Cerdo de Babel.

Le dije que me alegraba su paz. Que todos cargamos algo que agradecer y algo que reprochar a las personas en general. Y que, para perdonar, muchas veces somos capaces de desenterrar, casi obsesivamente, atributos ajenos para justificar una decisión que, en el fondo, es una urgencia para nuestra propia supervivencia.

No lo decía por demeritar su experiencia, sino porque había algo en su historia que me hizo entender que el perdón es mucho más que un ajuste de cuentas.

Pero mi historia era diferente.

Yo no tuve un padre estricto.

Yo solo tuve una ausencia tallada en hueso.

Mi vida fue marcada por un vacío crónico. No era una herida que sangrara, era un agujero negro que succionaba respuestas, llenándome de inevitables comparaciones y la amarga certeza de no haber tenido lo que muchos dan por sentado.

Mis medios hermanos me hablaban de Eloy como una leyenda: brillante, excelso matemático, gran maestro, poeta y buen padre. Un hombre que fue pilar para los suyos.

Y yo, sin embargo, en muchas ocasiones, me senté a despotricar, a vomitar resentimiento sobre su papá. Yo veía la punzada, el dolor mudo y la tristeza que les causaba a ellos, porque a pesar de todo, era su padre también, y jamás tuvieron la vileza de interrumpirme cuando yo destruía la memoria de Eloy.

Mi imagen de él era veneno.

Pronunciar «papá» era imposible. Solo Eloy.

Él intentó acercarse. Hubo intentos, sí. Él intentó buscarme, pero lo empujé lejos, lo aplasté con insultos. Su rostro, para mí, era sinónimo de trauma. Cosas ridículas; una chamarra de piel color café, un viejo Safari Volkswagen, eran detonantes que me hacían sentirme mal, y sentir nauseas. La razón de ese rechazo se hizo evidente años después: el perdón se negaba no por el dolor, sino por la adicción al rencor y a la venganza. La víctima se siente con el derecho absoluto de convertirse en juez y verdugo.

Crecí, enfrenté el mundo y me convertí en padre. Al cargar a mi hijo, la pregunta fue helada:

¿Cómo demonios voy a ser un buen padre si el molde que conozco es el de la nada?

Decidí perdonarlo por mi paz. Me aferré desesperadamente a sus virtudes, a su inteligencia, para fabricar el perdón, sabiendo que lo necesitaba más que él.

La noticia llegó por mi hermano mayor: a Eloy le quedaba poco tiempo de vida y que estaba hospitalizado. La noticia no me conmovió. No hubo ni alivio ni tristeza. Nada. Al día siguiente, había muerto.

Cuando mi madre me preguntó, fui honesto: no sentía nada. Cuando me preguntó si iría al funeral, dije que no. Mi lógica fue brutal y quirúrgica: Existen dos tipos de personas en un funeral: los que reciben el pésame y los que lo dan. Yo no podía recibirlo, pues no sentía pesar. Y jamás podría dar algo que no me correspondía.

No me arrepiento de esa decisión.

Más tarde le pedí a mi hermano que me llevara a la tumba de Eloy. Frente a esa lápida fría, con una calma impostada y fría, musité:

Te perdono. Estamos en paz.

Y me fui. Pero la paz no llegó. Fue una farsa.

La verdadera paz llegó en el abismo. Un quiebre de no retorno, donde el cansancio y la soledad me llevaron a cuestionarme si podía seguir adelante. En el corazón helado de las épocas decembrinas, me encontré sin mensajes, sin llamadas, al borde de la desesperación más absoluta.

Y ahí entendí la verdad que me desarmó por completo:

No se trataba solo de perdonar a la fuente de mi dolor, a mi padre.

Se trataba de mirar lo que vivía en mí y de la necesidad de rechazar mi propio ser.

Llevo su sangre. Su herencia. Su manera de razonar. Hay cosas que se heredan sin permiso, y yo había pasado la vida rechazando la parte de Eloy que también era la mía. Desde ese reconocimiento incómodo, asumí que el perdón estaba incompleto. Le había perdonado su ausencia, pero jamás me había perdonado a mí por mi propio rencor, por haberlo castigado, por haberme convertido en su propio verdugo.

No sé si existe una vida después de la muerte. No sé si quienes se van pueden escuchar algo de lo que dejamos pendiente. Pero necesitaba decirlo.

Esa noche, marqué a mi hermano mayor y le rogué un favor: que tomara el lugar de nuestro padre por unos minutos. Que fuera el puente. Que me permitiera hablar.

Aceptó con amor y atención.

Y entonces, en medio de una noche fría y sola de diciembre, por primera vez, pronuncié esa palabra prohibida.

No como exigencia.

No para ajustar cuentas.

Sino desde la fragilidad devastada de un hijo que se rinde a su propia historia: Papá. Perdóname.

Por Liz Salas