Brujería II: cuando Dios te apaga… y vuelve a encenderte

Por: Sergio Soto Azúa

(PARTE 2)

Cuando uno está roto, no se da cuenta de que lo pequeño se vuelve enorme.
El cansancio se convierte en un animal al acecho.
El silencio pesa.
La incertidumbre devora.
Y dentro de uno se forma un hueco que nada llena.

Esa noche, después de salir de la casa de la bruja, la mente seguía rebotando ideas que no quería pensar.
No era miedo a la brujería.
Era miedo a una posibilidad mucho más humana:
¿y si realmente hay personas que quieren verme caer?

Hay preguntas que no se contestan.
Se cargan.
Y esa pregunta pesaba demasiado.

Por eso invité a unos amigos a la casa.
Yo me puse a pintar para distraerme, mientras dos de ellos se quedaron afuera, platicando y tomando unas cervezas.
El tercero —mi mejor amigo en ese entonces— fue el que se quedó conmigo adentro, en silencio.

Mientras pintaba, le conté lo que me había pasado.
El huevo, las “venas” flotando, las palabras de la mujer, el panteón, la brujería, todo.
Él me escuchó serio, sin burlarse.

Cuando terminé, me dijo:

—La gente cree que el pecado capital de Adán y Eva fue comer la manzana.
No. Ese no fue el pecado capital.

Yo lo miré.
Él continuó:

—El pecado capital fue que Eva escuchó a la serpiente.
Porque la serpiente no empuja, no golpea, no grita…
La serpiente susurra.
El mal entra por el oído:
por la intriga,
por la adivinación,
por la duda,
por el miedo.
Dios no actúa así.
Satanás sí.

Esa frase me reacomodó el alma.
No necesitó explicarlo más.
Entendí que quizá no era un ataque externo…
sino interno.
La brujería no estaba en esa casa.
Estaba en mi mente:
en mi cansancio,
en mi desesperación,
en mi falta de paz.

Mis dos amigos seguían afuera sin imaginar lo que estaba pasando adentro.
Mi mejor amigo, en cambio, estaba diciendo exactamente lo que necesitaba escuchar.

Cuando se fueron, alrededor de la medianoche, me quedé solo.
Esa soledad pesaba más que nunca.
Me acosté esperando lo habitual: despertarme a las 3 am atormentado.

Pero antes de dormirme, hice algo distinto.
No recé un Padre Nuestro.
No hice un ritual.
No repetí frases bonitas.

Me rendí.

Miré al techo y dije:

“Dios… si esto existe, está en tus manos.
Si hay algo oscuro, también está en tus manos.
Si estoy viviendo esto, es porque tú lo permites.
Me entrego a ti.
Si quieres que me lleve la chingada, que así sea.
Yo ya no voy a pelear.”

A veces la fe no es creer.
La fe es soltar.

Y solté.

Cerré los ojos.
Y Dios me apagó.

No dormí tres horas.
Ni cinco.
Ni ocho.

Dormí dieciséis horas seguidas.
De medianoche a cuatro de la tarde.
No hubo sueños.
No hubo sobresaltos.
Fue un apagón espiritual.

Cuando desperté, sentí paz.
No una paz chiquita.
Una paz profunda, estructurada, nueva.
Una paz que no había sentido jamás.

Me levanté, fui al baño, me vi al espejo…
y el rostro que vi no era el de alguien derrotado.
Era el rostro de alguien devuelto.

Esa tarde-noche conseguí un contrato que alivió mi situación económica.
No resolvió todo, pero movió el rumbo.
Era la señal clara de que algo se estaba ordenando.

Fue como si Dios me hubiera dicho:
“Ya entendiste. Ahora síguele.”

Porque así trabaja Él:
Dios no llega cuando le gritas…
llega cuando lo sueltas.

Después de ese día, todo empezó a cambiar.
No por magia.
No por brujería.
No por el huevo del vaso ni por las cartas.
Nada de eso tiene poder real.

La única fuerza que tuvo aquello
fue el miedo que yo mismo permití.

La verdadera brujería no fue lo que dijeron afuera.
Fue lo que yo creí adentro.

Porque el mal no entra por golpes.
Entra por dudas.
Entra por la voz equivocada.
Entra por el oído dispuesto a escucharlo.

Y la fe no vence con ruido.
La fe vence con descanso.
Con silencio.
Con paz.
Con ese tipo de sueño que te apaga para poder volver a encenderte.

A veces Dios te quiebra para acomodarte.
A veces Dios te apaga para reiniciarte.
Y a veces Dios deja que escuches serpientes
para que aprendas a escuchar solo a Él.

Ese fue mi despertar.

Y esa fue mi paz.