Brujería: cuando lo que te rompe no viene de afuera

Por: Sergio Soto Azúa

(PARTE 1)

Hay épocas en la vida en las que no hace falta que alguien te desee mal.
Tú solo te encargas de caerte.
No por gusto, sino porque hay temporadas donde todo se desordena al mismo tiempo: la economía, la fe, el carácter, las relaciones, el propósito… todo.

A veces tocar fondo no es caer, es disolverse.

Y aunque muchos creen que tocar fondo es caer en adicciones o en escándalos, la verdad es más silenciosa: tocar fondo es cuando la vida deja de responder, cuando haces todo lo que debes hacer… y nada cambia.
Cuando trabajas, corriges, te ajustas, y aun así todo te sale mal.
Esa impotencia desgasta más que cualquier deuda.

Yo tuve una temporada así alrededor de mis 27 años.
Una crisis económica, emocional, espiritual… una suma de decisiones malas, fuerzas externas y momentos de la vida que simplemente te aplastan.

Perdí negocio, relación, dinero, estabilidad.
Vendí mi carro.
Vendí lo poco que tenía.
Me quedé con una cama, un sillón y una televisión.
Debía agua, luz, y no tenía ni para el camión.
Y quien ha estado ahí sabe que quedarse sin dinero duele…
pero quedarse sin rumbo duele más.

No se lo deseo a nadie, pero tampoco me avergüenzo de contarlo.
Porque algunos de los que me leen hoy me conocieron en esa época.
Y no digo esto para que me validen, sino para que recuerden:
la gente olvida rápido que todos tenemos una historia, y algunos recuerdan tu pasado con orgullo… y otros con recelo.
Porque hay quien no quiere que te vaya mal, pero tampoco quiere que te vaya mejor que él.

Lo más duro no fue vender mis cosas.
Lo más duro fue dejar de dormir.

A las tres de la mañana, todos los días, sin fallar, me despertaba como si alguien me jalara de la conciencia.
La misma hora.
Durante meses.

Los sueños eran raros, incómodos, de hogueras, brujería, sombras, figuras distorsionadas.
No eran pesadillas comunes: eran inquietudes espirituales.
Y la inquietud espiritual cansa más que cualquier trabajo.

Quien haya sufrido insomnio real lo sabe:
no hay dolor más desgarrador que no poder dormir.
Te deshace por dentro.
La mente deja de razonar, las emociones se distorsionan, el miedo crece como hiedra.

Y entonces llegaron los pensamientos extraños.
Los que uno nunca piensa cuando está bien.
Los que nacen cuando estás derrotado:
¿y si alguien me está haciendo brujería?

Suena ridículo en un hombre racional.
Pero cuando estás roto, el miedo se vuelve lógico.
Y lo que antes no creías, ahora parece explicación.

Un día, desesperado, llamé a Cristian, un buen amigo que era taxista y que también estaba en mala racha.
Le pedí que fuera por mí y que me llevara con una bruja.
Se quedó frío.

—¿Una bruja?
—Sí. Necesito que me lean las cartas.
—Yo no conozco ninguna.

Y le dije:
—Precisamente por eso te hablo a ti. Porque tienes radio.

Tomó el radio y preguntó:
—Oigan… ¿alguien sabe dónde echan las cartas?

Silencio.
Y luego una voz burlona:
—En los buzones.

—No esas cartas —respondió Cristian—, las de las brujas.

Nadie más contestó.
Cinco minutos después sonó su teléfono.
Era un compañero que no quiso decirlo por radio, pero sí en privado.
Le dio la ubicación: colonia Satélite.

Y allá nos fuimos.

La mujer me esperaba.
Desde que entré sentí algo raro, como una mezcla de olor a incienso viejo y humedad.
Me pidió que me parara en un lugar específico.
Tomó un aerosol con un aroma extraño y lo roció sobre mis pies.
Luego puso un vaso con agua, quebró un huevo y lo dejó caer dentro.

El huevo empezó a sacar venas transparentes, como filamentos.
Ella las leyó como si fueran radiografías del alma.

Y empezó a decirme cosas.
Cosas que cualquier persona podría adivinar por azar…
pero también cosas que solo yo sabía, absolutamente nadie más.
Ahí fue donde mi mente se quebró.

Me dijo que no dormía, que estaba intranquilo, que alguien me estaba haciendo brujería.
Que era magia negra.
Que era con Santa Muerte.
Que habían enterrado una foto mía en un panteón.
Que querían verme destruido.
Que buscaban que enfermara.
Que querían verme mal.

Yo, exhausto, vulnerable, deshecho por dentro, me hice la pregunta más dura de todas:
¿A quién le pude haber hecho tanto daño como para que alguien quisiera verme así?

Esa pregunta perfora más que cualquier huevo en un vaso de agua.
Esa pregunta te rompe.

Salí de ahí con la mente hecha nudos.
Cristian me llevó a casa.
No quería quedarme solo.

Invité a unos amigos para que me acompañaran mientras pintaba.
Dos se quedaron afuera, platicando.
Y uno, mi mejor amigo de ese entonces, se quedó conmigo adentro.

Le conté todo.
Y él, con calma, me dijo algo que nunca olvidé:

“El pecado capital de Adán y Eva no fue comer la manzana.
Fue escuchar a la serpiente.
Porque el mal no entra por fuerza.
Entra por el oído.
Dios no actúa así.
Satanás sí.”

Esa frase me atravesó.
De pronto entendí que tal vez no era brujería lo que me estaba rompiendo…
era mi vulnerabilidad, mi cansancio, mi agotamiento.

Esa noche me acosté, mirando el techo, sabiendo que volvería a despertarme a las 3 am.
Pero antes de dormir pensé:

¿Y si la brujería no está afuera?
¿Y si está adentro?

Cerré los ojos.

Continuará…