por Sergio Soto Azúa
Siempre hay alguien que presume ser “el más malo”. En la escuela, en el barrio, en la política, en la empresa. Es ese que levanta la voz, golpea la mesa, amenaza con que “a mí me respetan”. A veces basta verlo entrar para sentir que quiere imponer miedo, como si el mundo entero le debiera obediencia. Pero detrás de esa fanfarronería suele haber otra cosa: miedo. Porque muchos se disfrazan de villanos para esconder que, en realidad, no quieren que los lastimen. No son fieras, son seres humanos frágiles que construyen una máscara para protegerse.
Lo curioso es que todos, en algún momento, hemos sentido esa tentación de jugar al “malo”. Fantaseamos con ser rencorosos, con vengarnos, con demostrar que no somos fáciles de pisotear. Pero una cosa es imaginarlo y otra muy distinta es vivir de ello. Hay quienes convierten el resentimiento en su identidad, y hay quienes, peor aún, hacen de la maldad un oficio. Porque allá afuera sí existe la maldad real: fría, calculada, sin remordimiento. Gente que hiere sin provocación, que traiciona por hábito y que encuentra placer en el daño.
La vida tiene algo de película. Como en Búsqueda Implacable, todo parece bajo control… hasta que alguien comete el error de meterse con la persona equivocada. Los “malos” creían que podían jugar con cualquiera, hasta que toparon con quien no perdona. En la cinta, los secuestradores se metieron con la hija del exagente que no debían. En la vida real ocurre igual: quien se cree el más fuerte muchas veces descubre que no era más que un aprendiz en un juego peligroso.
Y aquí está la lección profunda: cada golpe trae consigo la posibilidad del regreso. Lo entendió Hammurabi hace miles de años cuando redactó su famoso código: “ojo por ojo, diente por diente”. Aquella no era una invitación a la barbarie, sino un intento de poner límites: que la respuesta fuera proporcional y no se desatara una espiral sin fin. Aun así, la advertencia sigue vigente: nadie golpea gratis.
Nietzsche lo escribió con la lucidez de quien conoció la sombra: “Quien con monstruos lucha, cuide de no convertirse en monstruo; y si miras largo tiempo al abismo, el abismo también mira dentro de ti.” La revancha transforma. Te obliga a convertirte en aquello que detestas. Marco Aurelio, desde el estoicismo, proponía el antídoto: “La mejor venganza es no parecerte al agresor.” Dos polos de una misma verdad: sí, debemos defendernos, pero también debemos cuidar de no cruzar la línea donde dejamos de ser nosotros mismos.
Y sin embargo, la sabiduría popular lo resume con más contundencia: “Antes de emprender un viaje de venganza, cava dos tumbas.” Porque la revancha casi nunca llega sola. Golpeas y, aunque ganes, siempre dejas algo de ti en el camino.
En la vida cotidiana, en la política o en los negocios, se repite la misma ceguera: muchos creen que pueden abusar, humillar o engañar sin consecuencias. Subestiman al otro, pensando que nunca habrá respuesta. Pero las relaciones humanas son un tejido de reciprocidad. El rumor que lanzaste un día puede volver como huracán. La ofensa que pensaste ligera se convierte en tu cruz pública. Y la máscara de “malo” que usaste para intimidar, tarde o temprano se rompe, revelando la fragilidad que intentabas ocultar.
Aquí entra mi reflexión personal. Yo no busco pleitos. Al contrario: los evito, los rodeo, los esquivo. Prefiero la diplomacia, la palabra a tiempo, el acuerdo justo. Pero no puedo negar que, de vez en cuando, me buscan, me prueban. Y aquí lo digo como es: no soy una mala persona, soy una buena persona. Sin embargo, cuando me llevan al límite, no me pregunto cómo reaccionaría un santo, sino qué haría alguien realmente malo. No porque me guste parecerlo, sino porque a veces solo la firmeza detiene al abusador.
Pero esta confesión no es una amenaza, es una lección. La verdadera fortaleza no está en golpear, sino en contenerse. No en presumir dureza, sino en ejercer la templanza. No en destruir, sino en construir con serenidad. Porque si todos tuviéramos claro que cada golpe abre la puerta a un regreso, viviríamos con más cuidado, con más humildad y con más respeto hacia los demás.
En política este principio vale doble. El que presume ser “duro” frente a cámaras, golpeando al rival, suele olvidar que todo expediente, toda alianza y todo poder tiene fecha de vencimiento. El fanfarrón de hoy puede ser el derrotado de mañana. Y el que aparenta ser villano para impresionar termina revelando que no era fuerza, sino miedo disfrazado.
Por eso, cuando veo a quienes alardean de ser los “más malos”, pienso que en el fondo son como todos: personas que no quieren ser lastimadas. Y que la verdadera diferencia no está en mostrarse invencible, sino en elegir el camino de la prudencia y la humanidad, incluso cuando uno podría responder con dureza.
La reflexión final es esta: el verdadero malo no es el que presume, sino el que actúa en silencio; pero el verdadero sabio es el que pudiendo actuar, elige no hacerlo. Porque la victoria más grande no es la que deja al otro derrotado, sino la que te deja a ti en paz. Y esa paz —humilde, serena, silenciosa— vale más que cualquier máscara de dureza.






