Por: Fer Ruiz

En Saltillo (y hablaremos de Saltillo porque es nuestro ejemplo más cercano, no por ser el único), ser mujer es una operación de alto riesgo: cada movimiento se mide, se evalúa y, casi siempre, se critica. La ciudad repite que “nadie juzga a nadie”, pero la realidad es que todos lo hacen, con o sin discreción. Y mientras los hombres caminan por sus vidas con permisos tácitos, nosotras aprendemos a calcular cada gesto, cada palabra, cada decisión, como si estuviéramos en un tablero donde el único premio es no ser devoradas por la crítica social.
En el trabajo, si quieres destacar, debes aceptar la condena: te llaman intensa, perra o mandona, juzgan tu “mal carácter” y revisan tus errores con lupa. Estas acciones parecen un aviso constante de que tu éxito tiene precio y que el precio es tu reputación o tu paz. Si intentas encajar y ser la “buena”, la callada, la sonriente, la que nunca incomoda, entonces el mundo laboral te aplasta de otra manera: te ignoran, te subestiman, te asignan más responsabilidades y menor reconocimiento, o te mantienen útil, pero no tanto como para que tus logros molesten. Todo mientras debes mantener una sonrisa, ser educada y aparentar que todo está bajo control.
Y en casa, la dualidad no desaparece. Ser madre, esposa, cuidadora perfecta: todos esperan que lo seas. Pero si lo eres, te juzgan por dedicar tu vida a eso. Si no lo eres, te juzgan por no cumplir el papel que se supone natural. Si trabajas mucho, eres egoísta. Si te cansas, eres débil. Si quieres independencia, te atacan. Si quieres protección, también. Nunca ganas, pero siempre pagas.
Los datos son fríos: en Coahuila, solo el 40.5% de la fuerza laboral son mujeres, mientras que los hombres constituyen el 59.5% (INEGI, 2025). La brecha salarial es del 22.6%, lo que significa que, incluso con las mismas capacidades y responsabilidades, el reconocimiento material es menor. En términos prácticos, cada mujer que busca crecer profesionalmente lo hace con doble carga: la de cumplir y la de sobrevivir al juicio que eso genera.
A los hombres: Antes de quejarse de nuestro carácter o de juzgar nuestra manera de actuar, recuerden que sus decisiones no cargan con la misma cantidad de miradas, expectativas ni dobles estándares. Cada mujer fuerte, brillante y decidida ha aprendido a sobrevivir en un tablero donde los peones siempre parecen tener ventaja sobre ella. Reconocerlo es el primer paso para entender lo que significa ser mujer hoy, y no hago esta reflexión desde la compasión sino desde la conciencia.

Saltillo no es única en esto, pero sí es un espejo donde se reflejan con brutal claridad las cadenas invisibles que limitan, condicionan y desgastan a las mujeres. Y mientras los hombres siguen caminando libres por los pasillos de oficinas y calles, las mujeres tenemos que elegir constantemente: ser la villana, ser invisible, o morir un poco en el intento de cumplir con todos al mismo tiempo.

Por Liz Salas