por Sergio Soto Azúa
En la historia de la guerra siempre se repite la misma verdad: los soldados son los que pelean las batallas, pero los generales son los que las ganan. Los soldados cargan con el esfuerzo, la sangre y el cuerpo a cuerpo; los generales definen la estrategia, anticipan los movimientos y deciden cuándo un sacrificio vale la pena y cuándo no. Una batalla sin soldados es imposible, pero una batalla sin generales está condenada a la derrota.
La política no es distinta. Los gobiernos se rodean de soldados: operadores de barrio, militantes, funcionarios de mediano rango. Ellos hacen posible que la maquinaria se mueva, que se cumplan órdenes, que haya alguien al pie del cañón. Pero cuando los conflictos se multiplican y los adversarios se disfrazan de aliados, es cuando se necesita algo más: generales que sepan leer el tablero completo, entender la guerra que se juega y, sobre todo, tener la experiencia para ganarla.
En Coahuila, ese papel lo representa Eduardo Olmos, recién nombrado —o por ser nombrado— secretario del Ayuntamiento de Torreón. A primera vista, podría parecer un simple cambio administrativo. En realidad, es un movimiento de ajedrez político que reacomoda fuerzas y prepara a la administración estatal para los combates que vienen.
Cuando inició el gobierno de Manolo Jiménez, muchos en su círculo cercano veían a Olmos con recelo. No era hombre de su grupo inmediato, no formaba parte de los que aplaudieron su campaña con fervor. Era más bien el rostro de la herencia riquelmista en Torreón, un cuadro fuerte que había tenido peso en la administración anterior y que, por eso mismo, era incómodo para quienes querían construir un gobierno de lealtades nuevas. La consigna tácita era simple: mantenerlo lejos.
Pero gobernar Coahuila no es administrar un club de amigos. Gobernar Coahuila es gobernar un monstruo de mil cabezas. Y ahí es donde la analogía militar cobra sentido. Al principio, Manolo apostó por soldados que se disfrazaban de tiburones, creyendo que el ruido de la aleta bastaba para imponer respeto. Con el tiempo descubrió que no bastaba obediencia ciega, hacía falta estrategia. Porque un monstruo de mil cabezas no se domina con disciplina únicamente, sino con inteligencia política.
Olmos carga con una trayectoria amplia: diputado federal, diputado local, presidente de Torreón, presidente de la Junta de Gobierno en el Congreso de Coahuila, secretario de Desarrollo Regional. En todos esos espacios aprendió algo que pocos entienden: que la política se gana en el terreno, con negociación y con presencia. Su paso por la alcaldía de Torreón no estuvo libre de críticas, ni su papel en la megadeuda de Coahuila ha quedado en el olvido. Pero la política no es un salón de purezas, sino un campo de batalla donde cuentan los que saben moverse y sobrevivir.
La designación de Olmos como secretario del Ayuntamiento es más que un gesto de confianza de Román Alberto Cepeda. Es, en el fondo, un reconocimiento tácito de que para lo que viene no bastan los cuadros decorativos ni los soldados obedientes. Se necesitan generales curtidos, con cicatrices y con memoria de guerras pasadas.
Porque lo que viene en Coahuila son batallas de alta intensidad. No las del discurso bonito de acuerdos eternos, sino las de la traición calculada. Los adversarios de hoy no se presentan como tales; se presentan como aliados que levantan la mano, prometen lealtad y firman pactos. Pero detrás de la sonrisa esconden la ambición de ser reyes del reinado. Y esperan el momento exacto para arrebatar la corona.
En ese escenario, Manolo Jiménez debe verse a sí mismo como el rey que encabeza un reino vasto, diverso y lleno de tensiones. Pero un rey que pretende gobernar solo con soldados tarde o temprano será víctima de intrigas palaciegas. Para sostener el poder se necesitan generales que entiendan que la política no es una batalla aislada, sino una guerra prolongada.
Eduardo Olmos es uno de esos generales. Puede ser incómodo para algunos, puede ser criticado por otros, pero su valor está en la experiencia. Ha enfrentado escenarios adversos, ha negociado con rivales, ha perdido y ganado. Esa acumulación de batallas es lo que lo vuelve útil hoy. No porque sea perfecto, sino porque sabe lo que significa sobrevivir en un campo de guerra política.
El gobernador necesita sumar a quienes saben hacer el trabajo, aunque no sean del todo de su agrado personal. Gobernar Coahuila no es escoger con quién se simpatiza, sino con quién se puede ganar. Y en política, ganar no significa aniquilar al adversario, significa mantener el control, administrar los tiempos y asegurarse de que las traiciones no sorprendan al rey.
La incorporación de Olmos al Ayuntamiento de Torreón es, en ese sentido, una jugada de visión. Una manera de reconocer que los verdaderos generales no se improvisan ni se fabrican en el corto plazo. Surgen de años de tropiezos y victorias, y su mayor mérito es saber qué decisiones tomar cuando todos los demás dudan.
En los próximos meses, el gobierno de Coahuila enfrentará adversarios que hablan de lealtad mientras buscan acomodo para el golpe. Y cuando llegue ese momento, el gobernador sabrá que lo que tiene no es solo un ejército de soldados, sino generales capaces de diseñar la estrategia y ganar la guerra.
No hace falta decir nombres. Porque luego Luis Fernando Salazar y Antonio Attolini se enojarían.