por Sergio Soto Azúa

Durante décadas, México presumió la Doctrina Estrada como símbolo de respeto y soberanía. Hoy, en tiempos de recompensas a presidentes, guerras híbridas y presiones migratorias, la pregunta es si ese silencio diplomático sigue siendo virtud o comienza a ser una carga.

En la política exterior hay nombres que pesan más que tratados. La Doctrina Monroe, proclamada por Estados Unidos en 1823, marcó a fuego la idea de que América era “para los americanos” y que Europa debía mantenerse lejos. La Doctrina Drago, desde Argentina en 1902, defendió que ninguna potencia podía usar la fuerza para cobrar deudas a los países latinoamericanos. Y en 1930, México, todavía marcado por la Revolución y la desconfianza internacional, dio al mundo su propia aportación: la Doctrina Estrada.

No nació en un salón de Naciones Unidas ni en un foro continental, sino en la pluma de un canciller discreto, Genaro Estrada Félix, entonces secretario de Relaciones Exteriores. Lo que propuso parecía sencillo, pero era disruptivo: México no reconocerá ni desconocerá gobiernos extranjeros. Es decir, no juzgará la legitimidad de otros regímenes, porque hacerlo implicaría aceptar que otros puedan juzgar al nuestro.

El contexto de una doctrina

México no inventó esta postura por altruismo. Lo hizo por necesidad. Tras la Revolución de 1910, nuestros gobiernos tardaron años en ser reconocidos por potencias como Estados Unidos, que usaban ese “sello” como arma diplomática. La legitimidad de un gobierno mexicano parecía depender más de Washington que de las urnas en México.

Estrada decidió romper esa lógica. Si dejábamos de reconocer o desconocer gobiernos ajenos, blindábamos el derecho a que nadie calificara el nuestro. Fue, en esencia, un acto de autodefensa soberana, una vacuna contra la injerencia disfrazada de cortesía diplomática.

Un escudo que funcionó

La Doctrina Estrada le dio a México una reputación particular: un país neutral, que no se metía en juicios políticos pero que abría sus puertas como refugio. Gracias a ella, miles de exiliados encontraron asilo aquí: republicanos españoles, sudamericanos que escapaban de dictaduras, intelectuales y perseguidos políticos de medio mundo. México no opinaba sobre la legitimidad de sus gobiernos de origen, pero sí ejercía hospitalidad como política de Estado.

En la Guerra Fría, esta doctrina fue útil. Permitió tratar con regímenes de izquierda y de derecha sin contradicción formal. México podía mantener embajadas en La Habana y en Washington, en Santiago bajo Allende y en Santiago bajo Pinochet, sin tener que pronunciarse sobre quién era legítimo. La neutralidad nos dio estabilidad y margen de maniobra en un continente siempre dividido.

El otro lado de la moneda

Pero toda neutralidad tiene precio. El silencio frente a dictaduras sangrientas, la falta de condena ante violaciones flagrantes de derechos humanos, la prudencia excesiva en crisis que exigían claridad. La Doctrina Estrada protegió nuestra soberanía, sí, pero también nos volvió mudos en momentos donde hablar hubiera sido un acto de dignidad.

Aquí surge la primera gran tensión: ¿hasta qué punto la neutralidad es respeto y hasta qué punto es omisión?

Un mundo distinto

Hoy, casi un siglo después, la Doctrina Estrada enfrenta un mundo que no se parece en nada al de 1930. La soberanía sigue siendo sagrada, pero vivimos en una época donde los problemas atraviesan fronteras: migración masiva, crimen organizado transnacional, crisis humanitarias, guerras híbridas, comercio global interdependiente.

Un país ya no puede esconderse detrás de un muro de neutralidad sin que esa neutralidad tenga consecuencias. Cuando millones de venezolanos cruzan México huyendo de su propio gobierno, ¿basta con decir “no reconocemos ni desconocemos” a Maduro? Cuando la ONU exige condenar crímenes de guerra, ¿puede un país responder con silencio diplomático? La Doctrina Estrada nació como mecanismo de defensa frente al poder de otros; hoy puede convertirse en un grillete que impida ejercer el nuestro.

El dilema de Sheinbaum

La presidenta Claudia Sheinbaum tiene frente a sí ese dilema histórico. Por un lado, reivindicar la Doctrina Estrada le permite sostener continuidad con la tradición diplomática mexicana y evitar pleitos directos con Estados Unidos o con gobiernos incómodos de la región. Por otro, el mundo de Trump —con recompensas millonarias por presidentes extranjeros, despliegues militares en el Caribe y presiones migratorias en la frontera sur— exige respuestas más claras.

Sheinbaum sabe que México ya no es un país marginal: es la décima quinta economía del planeta, primer socio comercial de Estados Unidos y un actor clave en la migración continental. ¿Puede una nación con ese peso seguir diciendo que no reconoce ni desconoce gobiernos ajenos? ¿No será hora de pasar de la defensa pasiva a la afirmación activa de principios propios?

De Estrada a un nuevo siglo

No se trata de renunciar a la Doctrina Estrada, sino de entender su espíritu y actualizarlo. Estrada buscaba proteger la soberanía mexicana en un mundo hostil. Ese principio sigue vigente. Pero hoy la soberanía no se defiende solo evitando juicios: también se defiende asumiendo posturas claras frente a amenazas globales.

México puede y debe sostener la no intervención como base, pero acompañada de un compromiso firme con los derechos humanos, con la democracia y con la protección de migrantes. No intervenir no puede significar no pronunciarse. La neutralidad no puede equivaler al silencio.

La Doctrina Estrada nos salvó cuando éramos un país joven, vulnerable y rodeado de potencias desconfiadas. Nos dio un lugar en el mundo sin tener que mendigar reconocimientos. Pero un siglo después, la pregunta ya no es cómo evitar que nos califiquen, sino cómo lograr que nos escuchen.

La verdadera soberanía, en este tiempo, no está en abstenerse. Está en atreverse a hablar con independencia, incluso cuando incomoda a los poderosos.

Por Liz Salas