CIUDAD DE MÉXICO 31-Mar-2024 .-Durante las primeras caravanas migrantes registradas en 2018, México era, principalmente, una mera zona de tránsito en el camino hacia Estados Unidos y Canadá.
Sin embargo, en las más recientes oleadas, el País se ha convertido, tanto por fuerza mayor como por decisión propia, en un lugar de destino para las cientos de personas que llegan de América Latina -de países como Venezuela y Hondura-, pero también de Irán y Afganistán.
México se ha convertido cada vez más en un país destino para personas migrante y, de acuerdo con cifras de la ONU, entre 2000 y 2020, la población inmigrante aumentó 123 por ciento.
La CDMX, de hecho, se ubicó como la segunda entidad con mayor población migrante internacional, sólo por detrás de Baja California.

UNA MEXICANA EN LA OLA MIGRANTE
Al medio día, la casa de campaña improvisada con cartón, lonas y plásticos se convierte en un horno que hace sudar a Digna Martínez, originaria de Honduras, y a su bebé, con 20 días de nacida y nacionalidad mexicana.
La criatura permanece con los ojos cerrados y balbucea. En sus muñecas cuelgan pulseras rojas de ‘ojo de venado’, mientras que su mamá la arrulla envuelta en una cobija.
En noviembre, Digna, su otra hija de tres años y su esposo Jeremías abandonaron Honduras debido a las amenazas de muerte que recibió el padre de familia por el trabajo de policía municipal que desempeñó por cinco años.
En diciembre llegaron a la Ciudad de México, cuando la joven de 23 años tenía aproximadamente siete meses de embarazo.
El camino hacia Estados Unidos lo interrumpieron luego de que el 6 de febrero Digna dio a luz mediante cesárea a una niña en el Hospital Materno Infantil Inguarán del Gobierno local.
Para recuperarse de la cirugía, la mujer se recuesta en un sofá adaptado como cama en el campamento instalado en la Plaza de la Soledad, en el Centro Histórico.
A quienes entran al espacio, les pide formar una cruz con saliva en la frente de la bebé para que no le hagan ‘mal de ojo’.
La pareja busca que su nueva hija sea registrada en la Ciudad con el nombre de Alicia Caterine.
«Todo salió bien, gracias a Dios. Un poco difícil (vivir en la calle), a veces cuando siente calor, aguantarnos y de noche también hace bastante frío, pero ahí vamos, poco a poco, salir adelante», cuenta Digna a REFORMA.
El nacimiento de la pequeña no cambiará los planes de llegar a Estados Unidos, pues una vez que se recupere, retomarán el camino.
La familia no tiene dinero para comprar alimentos. Jeremías trabajaba descargando mercancía en un rastro, en donde le pagaban de 120 a 200 pesos por cada camión. Pero ahora prioriza el cuidado de sus dos hijas y su esposa.
«En Honduras no hay garantía, allá todo es comprado (…) las autoridades del Ministerio Público lo citaron (a su agresor), pero no hicieron nada, al mismo rato el que me amenazó ya estaba libre, miré que todo es dinero.
«Queríamos que (el bebé) naciera en Estados Unidos, pero Dios permite todo lo que pase en esta vida», reflexiona Jeremías.
Debido al peligro que corren las personas migrantes que llegan a pie o en ferrocarril a la frontera con Estados Unidos, el hombre planea ahorrar para comprar boletos de avión.
«Los migrantes peligramos que nos secuestren, que nos maten, por eso, como hay mucho alto riesgo en el camino y en buses, por eso mejor, platicando con los conocidos, con otros compañeros inmigrantes, que han llegado bien hasta la frontera para llegar a Estados Unidos, es más seguro por avión.
«Nosotros aquí no esperamos apoyo de nadie, si no que de pronto uno tiene que salir a luchar para sobrevivir», comenta.

UN PEDACITO DE HONDURAS
La misma cocina tradicional que Lilian del Carmen Mendoza aprendió de su madre en el departamento de Olancho, Honduras, es la que ahora, 36 años después, replica en un local en las inmediaciones de la estación Tacubaya del Metro, en donde su pedacito de patria bautizado El Trapiche se ha convertido en un refugio y la meca de la comida hondureña en la CDMX.
La cocina siempre fue su más fuerte conexión con su patria, sin embargo, ahora sus platillos se han fusionado con la gastronomía chilanga.
Lilian, a quien otros migrantes se refieren como paisana, ha forjado una vida en la Capital a base de arepas, tacos de pastor y una mezcolanza de picante y condimentos que se utilizan en su negocio, que se ubica entre chelerías y tiendas de ropa.
«Para mí, la cocina no se trata de seguir recetas, sino de entender una idea, de probar platillos e ingredientes diferentes para hacer fusiones únicas; así aprendí a cocinar comida mexicana, bajándole a los condimentos que se usan mucho en Honduras y agregando un poco de chile, porque al principio toda la comida de acá me picaba», cuenta la cocinera.
La paisana salió de Trapiche, una aldea dentro de la región de Olancho al oriente de Honduras hace más de 30 años. Poco a poco, su identidad se ha afianzado en México.
«Vine porque cuando vivía en la Capital (de Honduras, Tegucigalpa) con una prima, a su esposo le ofrecieron una especialidad en México y pude venir con ellos, pero cuando terminó nos regresamos para Honduras; pero un mexicano se fue a enamorar de mí y me trajo de vuelta; pensé que me iría de regreso cuando mis hijos crecieran pero ahora, incluso con nietos, yo ya me siento mexicana», refiere.
Para preparar una empanada de yuca frita, Lilian tiene que ir primero a la Central de Abasto donde consigue la planta de yuca, que no es algo que se pueda comprar en los mercados de barrio. Su cocina, siempre con olor a plátano maduro, está equipada con otros ingredientes clave para cocinar la comida de su aldea: las arepas de queso, el desayuno hondureño, el pollo con tajada y el nacatamal, elaborado con arroz, papa y alcaparras.
Lilian maneja su cocina de manera meticulosa, ha aprendido con el tiempo que los mexicanos comen con premura. Mientras rebana un plátano en menos de cinco segundo, ya tiene la frita de yuca; después, embarra una cucharada de frijoles aplastados en la plancha caliente y malabarea una tortilla de harina con una mano.
Los platillos van tomando forma mientras el olor de la masa con chicharrón expande por el cuarto blanco.
El día que Lilian sintió haber echado raíces en México fue cuando por fin empezó a comer picante, usó el Metro y descubrió la variedad de alimentos en la Central de Abasto.
«En Honduras hay mucha pobreza pero también hay trabajo, pero existe esta idea de que en otros países sería más fácil seguir adelante, por eso muchos llegan aquí y ven lo complicado que es cruzar a los Estados Unidos y mejor se regresan, yo tuve la fortuna de encontrar a mi familia aquí, pero tampoco ha sido fácil, El Trapiche igual y no podría existir en Honduras, por eso yo soy feliz en la Ciudad, me gusta las prisas y el ritmo con el que se vive», explica.
El Trapiche de Tacubaya no se compara con el de Honduras, pero ya se ha posicionado como un pequeño lugar de reunión para los paisanos de Lilian y en el que, incluso, ha llegado a recibir a la Selección Nacional de futbol hondureña y a sus aficionados.
«A lo mejor no es un restaurante de lujo, pero tratamos de hacer la comida tal cual la recordamos, sí varía un poquito la sazón por los ingredientes, por eso decimos que es comida hondureña con producto mexicano. El Trapiche significa mucho para mí, para mi patria, es ese pedacito de Honduras en la Ciudad de México que mantendré mientras tenga vida», detalla.

‘QUIERO VIVIR AQUÍ’
Con las manos vendadas debido a que toma clases de box, una adolescente haitiana anota en una libreta la manera correcta de escribir su nombre: Dinia.
Las palabras en español que ha aprendido son pocas, pero logra explicar que está en la Ciudad de México con su tío André, en espera de una cita migratoria que les facilite su acceso a Estados Unidos y así reencontrarse con su mamá.
La inestabilidad política en Haití fue uno de los motivos por los que dejaron el país. Su mamá le envía dinero que le ayuda a rentar en Zapotitlán, en la Alcaldía Tláhuac.
En esa zona se han asentado de manera temporal decenas de personas haitianas. Mientras tanto, toman clases de español, inglés, boxeo, maquillaje o confección textil en el centro Pilares García Lorca Zapotitla.
«Quiero vivir aquí, pero mi mamá no quiere», comenta Dinia, quien sonríe antes de hacer calentamientos para practicar el jab.
La adolescente también aprende inglés, español y técnicas de maquillaje.
Los migrantes se acercan al Pilares para conectarse a la señal abierta de wifi desde sus celulares; el momento es aprovechado por los trabajadores para entablar comunicación mediante traductores en aplicaciones móviles y así invitarlos a tomar clases.
Aunque algunos dan respuestas negativas, posteriormente se animan cuando saben que las actividades son gratuitas.
Roberto Garate, coordinador de proyectos operativos del Pilares, explica que el español que aprenden les sirve para interactuar con los habitantes de la Capital, mientras que el inglés lo emplearán en Estados Unidos.
«Salimos, los invitamos, les decimos que vengan, son un poco celosos, un poco duros, al principio, pero con la convivencia y con la continuidad en la invitación que les hacemos, se convencieron y hoy ya son alumnos.
«Nosotros hemos salido por ellos, literalmente, a buscarlos», detalla Garate.
Entre las personas migrantes, algunas ganan dinero lavando coches o haciendo trabajos de albañilería, otros, muy pocos, consiguen autoemplearse vendiendo comida en las calles.
El dinero ganado lo usan para pagar rentas que van desde los 2 mil pesos mensuales por un cuarto en Zapotitlán.
«La mayoría está en sus casas, pocos sabemos que se emplean o se autoemplean, por ejemplo, en las mañanas, traen unas canastas que venden una especie de empanadas de zanahoria con lechuga que venden con salsa.
«Los migrantes (haitianos) tienen un nivel de preparación muy fuerte, elevado, casi la mayoría es de nivel técnico y tenemos ingenieros eléctricos, contadores, administradores», comenta Garate.

LA NOSTALGIA DE UN CORTE DE CABELLO
Dominique trabaja en uno de los tantos talleres de reparación de electrodomésticos ubicados sobre Avenida Tláhuac. Asegura que desde que llegó de Haití el trabajo no le ha faltado, pero extraña cada vez más la comida, a su familia y tener un lugar donde cortarse el cabello.
Después de un par de intentos en peluquerías locales, donde los encargados no habían tratado con el cabello afro, encontró la barbería que Pachu Terisieu, de 28 años, atiende junto con un grupo de estilistas haitianos.
Es uno de los pocos negocios de la zona en donde saben trenzar y marcar un delineado perfecto; Dominique siente un poco de nostalgia y tranquilidad al saber que en Tláhuac existe un barbero que habla francés.
Pachu espera pacientemente a que caigan los clientes. Entre semana llegan a cuentagotas, pues la mayoría de los habituales son migrantes que trabajan por largas jornadas. Los sábados y domingos apenas hay tiempo para tomar aire.
Pachu asegura no saber nada de política. Hace cuatro años, huyó de Puerto Príncipe por la violencia que se vivía en Haití. Decidió huir y dejar a su familia atrás.
«Pasé dos años viviendo en la República Dominicana, dejé a mi país para encontrar trabajo, pero allí encontré más problema con policía y otros migrantes, tenía pasaporte y visa pero no importaba, tenía más problemas cada día con migración y yo por eso vine a México», narra.
Pachu aprendió a cortar el pelo en Haití, en donde soñaba con ser un estilista profesional.
Cuando llegó a República Dominicana aprendió a hablar español y lo ha ido mejorando desde que está en Ciudad de México, donde también ha descubierto cómo usar el Metro y hasta regatear por la ropa en los mercados.
«En México nunca he tenido problemas con nadie, pero no se qué voy a hacer si no tengo más trabajo para ayudar a mi familia, no me quiero mover a Estados Unidos, pero aún no se», asegura.
El joven dejó a dos hermanos en Dominicana y a otra hermana en Haití, ya que no tenía el dinero suficiente para viajar con todos hasta México.
El atender la peluquería le ha facilitado conocer a más personas provenientes de Haití que viven en la misma colonia que él. Platicar con ellos le hace sentirse en casa.
«Cada que viene algún amigo a cortarse el pelo y platicamos, me siento de regreso en Haití, por una hora estoy de vuelta con mi familia, aunque esté lejos de ellos, al menos, estoy buscando la forma de que pronto estén conmigo», dice.